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El olvido como mecanismo

En el contexto de nuestra campaña Reinventando el olvido en Internet, los cambios que se proponen en cuanto al olvido digital no son caprichosos: estan relacionados con recuperar en el reino digital un mecanismo que es vital en el mundo real. Desde el punto de vista fisiológico, el olvido es un mecanismo:

Si nuestro sistema nervioso no hubiese desarrollado mecanismos para evitar formar ciertas memorias irrelevantes y para intentar olvidar algunas otras, sería difícil no sucumbir en un estilo de vida como el de Funes.

Quién esto afirma es el Dr. Facundo Manes, director del Instituto de Neurología Cognitiva (INECO) y del Instituto de Neurociencias de la Universidad Favaloro, en una columna del diario Clarín de hoy, titulada Poder olvidar es tan importante como poder recordar. Y la referencia, claro, es a aquel personaje que era incapaz de convertir recuerdos en pensamientos, en el cuento Funes, el memorioso de Jorge Luis Borges,

Borges describe en su cuento a un joven que, como consecuencia de un accidente, pierde su habilidad para olvidar. Tiene una memoria tremenda, pero está tan perdido en los detalles de todo lo que sabe que es incapaz de convertir la información en conocimiento y no puede crecer en sabiduría.

Trazando el paralelismo que planteamos en el primer párrafo, podríamos afirmar que estar atados a nuestro pasado digital podría tener costos personales y sociales tales que no nos permitieran evolucionar y aprender de nuestros errores. Algo que podría considerarse antinatural en el mundo real, no es tomado en cuenta en el mundo digital a la hora de pensar y establecer criterios sobre como usamos nuestra información persona sensible.

Continuemos con el artículo del Dr. Manes para aproximarnos a una comprensión cabal de la importancia del olvido:

El olvido es quizás el aspecto más prominente de la memoria. Podemos contar toda nuestra infancia y adolescencia (aun siendo estas etapas en las cuales vivimos aspectos críticos de nuestras vidas) en no más de unas horas. Aunque durante ese tiempo hayamos aprendido a hablar, a caminar, a experimentar el calor de nuestros padres, el amor, la tristeza y la amistad, lo olvidamos casi todo.

En el célebre cuento de Borges, ‘Funes el memorioso’, lo que se pone en cuestión no es tanto lo que el pobre Ireneo era capaz de recordar, sino, más bien, lo que era incapaz de olvidar. O mejor, su imposibilidad de transformar los vastos recuerdos en pensamiento (‘Pensar, dice el narrador, es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer’). Ireneo Funes no podía pasar por alto lo irrelevante, ni establecer asociaciones, ni construir ideas generales de las cosas. Para los seres humanos, poder olvidar es tan importante como poder recordar.

Si nuestro sistema nervioso no hubiese desarrollado mecanismos para evitar formar ciertas memorias irrelevantes y para intentar olvidar algunas otras, sería difícil no sucumbir en un estilo de vida como el de Funes. Algunos olvidos son intencionales, establecidos por sistemas inhibitorios en el cerebro para suprimir memorias. En un estudio reciente de la Universidad de Stanford, se observó a través de neuroimágenes que cuando se pedía a los participantes que activamente suprimieran ciertas memorias, había una gran activación de la corteza prefrontal (la parte más anterior de nuestro cerebro) y una menor activación del hipocampo (una estructura que es central para la consolidación de nuevas memorias). Estos mecanismos inhibitorios comparten estructuras con los mecanismos involucrados en la inhibición de los movimientos: por ejemplo, si vemos que una maceta está por caerse del marco de la ventana, tendemos a intentar atraparla, pero podemos inhibir ese movimiento si nos damos cuenta de que la planta es un cactus.

‘Otros olvidos son producidos por nuestro cerebro por cuenta propia sin que le pidamos nada; el cerebro se encarga de tornar inaccesible la evocación de ciertas memorias’, dice Iván Izquierdo, un gran investigador argentino. Esto no ocurre con memorias asociadas a emociones intensas. Todos recordamos qué estábamos haciendo cuando se sucedieron los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York en el 2001 y, sin embargo, apenas podemos recordar la tarde de ayer. Múltiples experimentos han demostrado que las memorias asociadas a una carga emocional intensa logran una mejor consolidación, puesto que dichas emociones disparan cascadas químicas y fisiológicas en nuestro organismo que favorecen la formación de nuevas memorias. Esto último ha permitido el desarrollo de originales líneas de investigación destinadas al tratamiento de pacientes con estrés postraumático. En el cuento de Borges, Ireneo Funes le confiesa al narrador: ‘Mi memoria, señor, es como un vaciadero de basuras’. En el sabio provecho del recuerdo de ese pasado en el presente -eso que Funes el memorioso no pudo lograr- se encuentra una de las claves de nuestro futuro.

El mecanismo del olvido nos permite un sabio aprovechamiento del pasado. Es decir, descartando lo superfluo o lo negativo, nos quedamos con lo útil para el aprovechamiento futuro. Y también para comenzar de nuevo, llegado el caso.

Estoy repitiendo mucho ultimamente, porque es una inquietud que se repite en los interlocutores, que no estamos hablando de conductas ilícitas. Es decir, este olvido no se refiere a conductas delictivas o ilegales -que se resuelven en los terrenos de la Justicia- sino a conductas lícitas pero fuera de norma -por así llamarlas: una foto inconveniente en Facebook, un tuit del tipo “mi jefe es un plomazo” o un comentario inadecuado en un foro, por ejemplo. Esas son cosas que no son extrañas en el ámbito de lo privado, pero que en Internet toman un auge y un alcance que sale de nuestra posibilidad de control, y que pueden hacer que nos arrepintamos a futuro, de haber sido tan ingenuos al publicarlo.

Después de todo, amigo lector, se trata de que nuestro pasado no nos persiga, y poder comenzar de nuevo cuando sea necesario. También en Internet.

Fuente: Clarin.com

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