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Medio ambiente - 14. página

Entradas sobre tecnología y medio ambiente.

Finalmente, parecen hallarse signos de vida inteligente en el planeta Tabaré

Tema: Papeleras. Informa Clarin.com:

El presidente uruguayo, Tabaré Vázquez, calificó hoy como “inadmisible” el escape tóxico ocurrido la semana pasada en la pastera Botnia, al tiempo que advirtió que la empresa “deberá cumplir con las medidas de seguridad correspondientes” ya que, en caso contrario, “no obtendrá el permiso para operar”. “Si no cumple con todos los requisitos técnicos y todas las medidas de seguridad previstas en la legislación nacional, no obtendrá el permiso para empezar a operar”, afirmó Vázquez, quien consideró “inadmisible” el episodio, que provocó la intoxicación de nueve obreros y reavivó las denuncias de contaminación de los asambleístas de Entre Ríos.

El derrame, que se produjo el martes de la semana pasada y afectó a nueve operarios, ocurrió cuando un grupo de trabajadores volcaba sulfuro de sodio en una tolva. En ese momento, una ráfaga de viento disperó la sustancia, que alcanzó a otros obreros que no estaban debidamente protegidos. “Este tipo de imprevisiones son imposibles de tolerar“, dijo el respecto el ministro de Medio Ambiente uruguayo, Mariano Arana. Al respecto, se informó que Montevideo acentuará los controles sobre las pruebas que realiza la pastera, que podría comenzar a funcionar el mes que viene. Arana afirmó que el Gobierno uruguayo asegurará “en primer lugar, la salud de los trabajadores, pero también la calidad de vida que se merecen todos los ciudadanos uruguayos o argentinos“, en referencia a las denuncias sobre contaminación efectuadas por los ambientalistas de Gualeguaychú.

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Dos impresiones:

Impresión 1: ¿No será un poco tarde…?
Impresión 2: ¿Tenía que salir lastimado alguien para que abran los ojos? Gracias a Dios no murió nadie…

Aparentemente, no se trata de vida muy inteligente, pero es un comienzo. Hasta este incidente parecía tratarse de… una ameba.

Botnia: 1 – Gente: 0

Decir “se los dijimos” o “se sabía” sonaría a llanto sobre la leche derramada de madre sabedora de algún precio por nuestras picardías adolescentes. Pero no: aquí no hay margen para el error. Esto pasó -y lamentablemente continuará pasando- por la sordera y desidia de quienes deberían haber evitado que el engendro se instalara. Informa Infobae.com (como para evitar que alguien me reclame por el uso de una fuente tendenciosa…):

Tres vecinas de la ciudad argentina de Gualeguaychú denunciaron ante la justicia que fueron “afectadas” por un derrame de sulfato de sodio ocurrido este martes en la papelera que Botnia construye en Uruguay. El referente de la asamblea de Gualeguaychú, Jorge Fritzler, señaló que “primero fue un fuerte olor a cloro, después picazón en el pecho y diversas molestias.”

Las mujeres aseguraron que el martes fueron al puente que conduce a Fray Bentos para tomar fotografías del derrame ocurrido en las instalaciones de Botnia, [el énfasis es mío] que afectó al menos a nueve obreros de la planta y cuyas causas investigan las autoridades uruguayas.

“El derrame fue a las 9 de la mañana. Estas personas intentaron documentar el derrame tóxico al costado de la chimenea”, indicó, y afirmó que “acá hay que paralizar la planta”.

“Estas personas, seis horas después del escape, sintieron un fuerte olor a cloro”, aseguró el asambleísta, que detalló que sufrieron “ardor y picazón en la piel y en la cara”. “Se les empezó a hinchar la cara y sintieron un malestar”, añadió. Fritzler rechazó que desde el gobierno uruguayo minimicen el hecho y recalcó que “esto no es un accidente, es un incidente”.

La denuncia judicial fue radicada por Gabriela Caballero, Alejandra Crimella e Isabel Nievas, integrantes de la Asamblea Ambiental de Gualeguaychú, grupo que desde hace más de nueve meses mantiene bloqueado el puente que conduce a Fray Bentos en protesta contra la instalación de la papelera.

Fuente: Infobae.com

Taiwán y las mariposas

No sé muy bien por qué, pero me llamó la atención la noticia y decidí postearla. Está bueno esto de que alguien cuide algo por el mero acto de protegerlo, aunque muchos van a estar molestos por la medida.

El caso es que la BBC informa hoy que las autoridades de Taiwán anunciaron que cerrarán parcialmente una concurrida autopista para permitir el paso de millones de mariposas en su migración estacional.

Dice el informe:

“En su vuelo desde el sur de Taiwán hacia el norte, las mariposas, de la familia Danaidae, atraviesan un segmento de unos 600 metros de la carretera. Mediciones realizadas en 2005 mostraron que hasta 11.000 mariposas cruzaban la autopista por minuto. Muchas, sin embargo, no llegaban al otro extremo porque eran atropelladas por automóviles.

El director del departamento de autopistas del Ministerio de Transporte de Taiwán dijo que el cierre podrá causar embotellamientos, pero que valdrá la pena para salvar a los insectos. Las autoridades también pondrán una red protectora para obligar a las mariposas a volar por encima del tráfico. Además, en una sección elevada de la carretera, se utilizarán luces ultravioletas para alentar a las mariposas a que pasen por debajo.

Algunas empresas turísticas de Taiwán promueven al país como “El reino de las mariposas”. Allí viven más de 400 especies de estos insectos y cerca de 40 de ellas son endémicas. De la familia Danaidae, a la que pertenecen las famosas mariposas monarcas, en Taiwán hay 13 especies.

Son venenosas porque en su estado larval se alimentan de las hojas tóxicas del algodoncillo (Asclepias), lo que luego les permite protegerse de los depredadores. En mayo, millones de ellas se reúnen en las montañas de Yangmingshan, cerca de Taipei.”

Me gusta la idea. Me parece que está bien tomar algunas medidas así de pequeñas, pero con enormes implicancias.

Rosario, entre Barcelona y Venecia (podría ser peor)

Llueve. Para muchos la lluvia es sinónimo de nostalgia. A otros la lluvia les despierta recuerdos, con su perfume y musicalidad. Mi hija de 9 años me decía esta mañana, “Papi, ¡como me gusta el olor a lluvia!”.

Pero para los comunes peatones que tenemos que salir a trabajar, un día de lluvia en Rosario puede ser sinónimo de infierno.

¿Que no exagere?

Cortes de luz y de todo aquello que circule por cables. Hojas y ramas caídas. Calles anegadas por las bocas de tormenta que están tapadas por la desconsideración de los vecinos y permanecen tapadas por la desidia de funcionarios descuidados. Dentro de los colectivos suele llover casi tanto como afuera. Y varios etcétera más.

Los automovilistas rosarinos hacen uso de una extraña matemática: su velocidad y proximidad al cordón es directamente proporcional a la cantidad de agua que hay en él, e inversamente proporcional a todo lo que tiene que ver con la amabilidad y el respeto por el pobre peatón.

En días así, ciertas calles hacen recordar a Venecia pero sin el romanticismo ni las góndolas, por supuesto. Prefiero la ciudad de los canales, en todo caso.

Por otro lado, los políticos hablan de Rosario como “la Barcelona sudamericana”. No tengo el gusto de conocer aquella ciudad catalana pero, a menos que los susodichos exageren o mientan, no pienso ir. No, ni loco.

Hasta aquí llego porque tengo que salir a la calle, y necesito estudiar como sobrevivir a otro día de lluvia en Rosario.

Más que cine, una pesadilla cada vez más real

Hoy Córdoba amaneció nevada, en pleno Noviembre. Hace un par de meses granizo del tamaño de limones azotó a Buenos Aires, fenómeno que se repitió hace un par de días nada más en nuestra ciudad de Rosario. Aquí, tanto los destrozos como el impacto social por la tormenta fueron enormes, porque jamás había sucedido algo por el estilo.

Un aporte casero a  los registros gráficos de la granizada del miércoles.

Por regla general, como en Argentina “nunca pasa nada” -no hay terremotos, no hay huracanes, no hay maremotos ni ninguna otra catástrofe de las que suelen cambiarle la vida a multitudes en un segundo por otros lares-, las previsiones y alertas nunca llegaron o llegaron tarde. El resultado de esto fue que los vidrios muy baratos, las persianas de plástico y los cables aéreos pasaron factura todos juntos y estallaron en pedazos todos al mismo tiempo en el término de 10 minutos. En realidad sí hubo una alerta, y según el Servicio Meteorológico la baja presión debería haber alertado mucho más porque preanunciaba la pedrada, pero todo esto fueron especulaciones del día después.

Recordé de la película “El día después de mañana”, en donde nieve en India y granizo en Japón anticipaban el desastre. Si despojamos de la cuestión comercial, espectacular y abrupta al fenómeno que se describe en la película, podríamos compararlo con lo que está sucediendo en estas horas por estos pagos.

El mejor análisis, a nuestro humilde entender, de lo que sucedió en Rosario el miércoles lo hizo un ciudadano común en uno de los medios locales, rodeado de ramas caídas, vidros rotos y con piedras de hielo del tamaño de pelotas de golf en una mano: “Ahora no me vengan a decir que lo del calentamiento global no es cierto”.

¿No a las papeleras, o no a la contaminación?

En su columna política del diario Clarín del domingo anterior, Eduardo van der Kooy plantea un concepto que traté de resumir en la pregunta del título.

Textualmente, Van der Kooy dice: “Hay asambleístas de Gualeguaychú que no se conformarán sólo con ofertas y persuasiones. Son los que luchan contra la instalación de las plantas y no para evitar la contaminación. Aunque depongan la medida, permanecerán al acecho. El Presidente espiará lo que ocurra en silencio. Pero si el desbloqueo no se produce su acuerdo con Tabaré caerá.”

De este análisis es que surge aquella pregunta, porque hay diferencias fundamentales entre los dos conceptos y las acciones y decisiones que conllevan. El “no a las papeleras” conlleva el riesgo de caer en el simplismo: si no se instalan se acabó el problema. Y otro riesgo: que se piense que en cualquier otro lugar menos cerca de uno las papeleras están bien.

Esta postura no resiste un análisis serio. El enorme consumo de papel, y fundamentalmente la falta de un recurso sustituto, impiden pensar por el momento en el cierre de las plantas de fabricación de ese producto, como cae de maduro. No se pensó en su momento, y ahora se piensa poco, en el deterioro subyacente en la producción de papel.

Pensar que en cualquier lado las plantas están bien menos cerca nuestro, es una actitud tan egoísta, desconsiderada e irresponsable que no admite ninguna consideración.

En cambio, si el NO fuera a la contaminación, esta premisa se constituye por si misma en un fundamento de considerable solidez para la solución de este conflicto.

No importa donde pretendan instalarlas: si contaminan no se instalan. Y punto. Pero esto abre un abanico de posibilidades, de nuevas tecnologías y de respuestas sustentables en el tiempo. Abre el juego a nuevas investigaciones, a nuevos métodos y a una nueva conciencia de pertenencia y cuidado hacia lo que nos rodea.

No es una simple cuestión semántica, sino toda una declaración de principios y convicciones. O se está a favor de soluciones mediocres que trasladan el problema a las próximas generaciones, o se apela a criterios serios y responsables que generen alternativas de largo plazo.

Me viene a la memoria cuando el gobierno de la ciudad de Bs. As. hace varios años legisló a favor de la disminución del uso de gasoil y nafta en el trasporte pùblico, a fin de disminuir los índices de contaminación. Esto sin lugar a dudas hubiera sido todo un avance, de no ser por el hecho de que solo consideraron como alternativa el uso del GNC, en vez de abrir el juego a la gran variedad de investigaciones de combustibles alternativos que hay en el país. Todo lo que se logró fue opacado por la sensación de que se estaba favoreciendo a los lobbies, y allí quedó.

Esperemos que las decisiones al respecto de las papeleras sean más abiertas, y que puedan dar a luz toda una nueva gama de respuestas a este problema real.

El ‘papel’ de Greenpeace

Greenpeace reclama a los gobiernos de Argentina y Uruguay la elaboración de un “Plan de Producción Limpia para el Sector Papel” que involucre la eliminación del cloro en el proceso de blanqueo en el papel; extender el proceso de cocción y realizar el proceso de delignificación con oxígeno; eliminar totalmente los efluentes de las plantas de pasta y papel; aumentar el porcentaje de papel que es reciclado y el contenido de papel reciclado post-consumo en los papeles a la venta; establecer líneas de crédito blandas para la eliminación de los efluentes de las industrias del sector; la promoción y crecimiento de las empresas de reciclado y exigir la explotación sostenible de los recursos forestales.

No cometamos los mismos errores

Y cuando vinieron por mi,
ya no quedaba nadie que alzara la voz
para defenderme.

La cuestión de las papeleras sobre el río Uruguay es una oportunidad única.

Los medios importantes sólo hacen crónicas del conflicto sin tomar partido. Los políticos toman posiciones ambiguas y contradictorias sospechosamente tibias. En el congreso parece que se discute en un clima de cosa cocinada -al menos es la impresión que tiene el observador externo.

La cuestión de las papeleras debe ser nuestra oportunidad.

Hemos recibido de las generaciones pasadas un país devastado por las malas políticas, la entrega espúria, el desprecio por el medio ambiente; en fin: un país al que no le importaron, salvo honrosas excepciones, las generaciones por venir.

La cuestión de las papeleras no puede dejar de ser nuestra oportunidad.

Oportunidad de reclamar un alto en el desmanejo de los recursos en aras del enriquecimiento de unos pocos. De impedir con medidas claras y valientes que mueran niños y ancianos sólo porque alguien se hizo el distraído. De observar atentamente alrededor y reclamar que se cuide el suelo, el agua, el aire para muchas generaciones más.

La entrega, la cobardía, el desinterés, la pereza mental, el abandono, la desidia, el interés sólo electoral, el mirar sin ver, el hacerse el distraído y mirar para otro lado, el esperar que otro haga lo que se debe hacer, la apatía, el desgano, la traición, la inacción son estigmas de una nación que no es, aunque debería.

La cuestión de las papeleras sobre el río Uruguay es una oportunidad única.

Oportunidad de que, de una vez por todas, todos demostremos que el futuro nos interesa.

Y un último pensamiento: si las papeleras no se instalan sobre el río Uruguay pero sí unos kilometros más arriba o más abajo sin resolver el peligro de la contaminación, igual nos vencieron, porque seguimos entregados al egoísmo y la dispersión.

Todo el sistema es vulnerable

En un muy interesante y revelador análisis, el economista norteamericano Jeremy Rifkin plantea la inquietante pero real posibilidad de que toda la electrónica falle en su conjunto, y cuales serían sus nefastas consecuencias. A continuación transcribo la columna, que fué publicada en Clarín el último domingo.

Al mundo entero le preocupa la posibilidad de que Irán tenga armas nucleares. ¿Por qué? Lo que ahora saben nuestras autoridades políticas y estrategas militares —y la opinión pública ignora— es que una bomba nuclear desata una fuerza mucho más poderosa que la explosiva. Esa fuerza aumenta en capacidad destructiva en proporción directa a la extensión de la revolución de las comunicaciones globales.

En los últimos veinte años, los países industrializados del mundo integraron los avances en tecnología de chips, software y hardware de computación, y tecnología de telecomunicaciones para crear una compleja infraestructura electrónica para manejar los más mínimos detalles de la vida cotidiana.

¿Pero qué pasaría si todo chip de computadora, interruptor eléctrico y circuito que conecta y dirige nuestra economía se agotara de pronto en toda América del Norte o Europa, y todos al mismo tiempo? ¿Resulta imposible imaginarlo? Volvamos a 1962.

Los Estados Unidos hicieron explotar por primera vez una bomba nuclear en la atmósfera superior sobre el Océano Pacífico. Inesperadamente, los rayos gamma que provocó la explosión desencadenaron un impulso electromagnético que anuló luces, estaciones de radio, teléfonos y telecomunicaciones a más de 1.300 kilómetros de distancia, en Hawai.

Los funcionarios del Pentágono tomaron nota. El impulso electromagnético (EMP) se convirtió en algo temible en el ámbito militar, pero quedó relegado a la segunda línea de posibles amenazas que podrían enfrentar el país y el mundo.

Todo eso cambió luego de los atentados terroristas del 11 de septiembre contra el World Trace Center y el Pentágono. Los estrategas militares empezaron a preguntar qué pasaría si un régimen rebelde o un grupo de terroristas equiparan un misil Scud —algo que con toda facilidad puede comprarse en los mercados mundiales por unos cien mil dólares—, con un arma nuclear y lo hicieran detonar en la atmósfera superior sobre América del Norte o Europa. Los resultados serían catastróficos.

Un impulso electromagnético que llegara a la superficie de América del Norte o Europa a la velocidad de la luz podría destruir buena parte, o la totalidad, del equipo eléctrico, incluidos los transformadores gigantes que son la base de la red eléctrica. ¡Piénsenlo! Sin electricidad… la red eléctrica de todo un continente inutilizada. También quedarían arruinados los interruptores eléctricos que regulan el suministro de agua. Sin agua. Sin saneamiento. Los chips electrónicos y los circuitos de autos, ómnibus, camiones y trenes, también inutilizados. El tránsito se detendría de inmediato. Sin teléfonos, televisión ni radio… todo destruido. Los sistemas eléctricos que operan nuestros gasoductos y oleoductos. Sin combustible. Agotadas las computadoras, se detiene todo el flujo de información. Sólo hay alimentos para subsistir unas semanas. No hay forma de organizar una misión de rescate porque toda la maquinaria social está muerta.

¿Improbable? No lo es, según un informe detallado de una Comisión del Congreso de los Estados Unidos que evalúa la amenaza de un ataque con impulso electromagnético a los Estados Unidos. La comisión calificó el ataque de EMP “la amenaza del 11 de septiembre del futuro” y advirtió que, de desplomarse la red eléctrica, toda la infraestructura se caería. El resultado es que la sociedad podría retroceder cien años, hasta la era anterior a la electricidad.

Llevaría hasta dos años fabricar, enviar e instalar los grandes transformadores que constituyen la base de la red eléctrica… lo que supone dos años sin electricidad. ¡Inimaginable!

Hay que destacar que algunos especialistas, si bien coinciden en que un ataque con EMP sería catastrófico, consideran que no todo el equipo eléctrico quedaría destruido. Pero la verdad es que nadie lo sabe con certeza.

El punto es que el costado negativo de vivir en una civilización electrónica cada vez más compleja es que todo el sistema es más vulnerable a una completa devastación. Podríamos tratar de anticipar todas las amenazas posibles que plantea la creciente complejidad tecnológica de nuestra sociedad global. En eso residen las esperanzas de nuestras autoridades políticas. Ya se habla de acumular generadores de reserva, de hacer que el equipo sea más resistente, lo que también comprende el hardware militar, y de desplegar una defensa eficaz contra misiles balísticos ante la posibilidad de un ataque con EMP.

El problema es que, si bien la complejidad de la infraestructura de alta tecnología que creamos es visible, relativamente estable y cognoscible, las amenazas son en su mayor parte invisibles, inestables y tan variables como la imaginación de sus perpetradores. La única verdadera solución a la creciente complejización de la sociedad, producto de los avances tecnológicos, no es de naturaleza técnica sino psicológica y social.

Tenemos que empezar a analizar seriamente cómo modificar de manera radical el grado de conciencia de las personas para que el género humano pueda aprender a vivir en un planeta compartido. Eso exige visión, esperanza, empatía y paciencia, algo que parece estar agotándose en la humanidad.

Fuente: Clarin.com.ar

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