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Gente que dice

Gente que nos hace pensar.

Julio Neffa: «Se rompió la barrera entre el trabajo y el tiempo de reposo»

La revista cultural Indómita entrevistó a Julio Neffa, economista, docente e investigador, en la que comparte su experiencia y pensamiento sobre el teletrabajo en el capitalismo neoliberal.

Para Neffa uno de los mayores problemas reside en el sufrimiento que surge del trabajo intenso, de la mayor fatiga, el menor grado de autonomía y la menor libertad en el trabajo. “Todas las personas que hacen teletrabajo, trabajan por lo menos 2 horas mas que cuando estaban en la oficina», afirma.

El problema se agrava aún más para los docentes, ya que los problemas de tipo laboral ahora repercuten sobre el cuerpo pero también sobre las dimensiones psíquicas y mentales, lo que se traduce en un impacto muy fuerte sobre la salud.

Por otra parte señala que la gente que trabaje en sus domicilios, al aumentar el control de los empleadores «va a favorecer a que el trabajador esté en una situación de disponibilidad para el empleador. Se ha roto esa barrera que había entre el trabajo y e tiempo de reposo». La cuestión es más grave para las mujeres: la fatiga se multiplica por 2 o 3 veces. La duración de la jornada total de las mujeres está cerca de las15 a 20 horas.

Aquí, la entrevista:


Fuente: Revista cultural Indómita

Una docente pide comprensión, y no podemos estar más de acuerdo

Una docente de Literatura de Reconquista (Santa Fe) publicó un video en las redes sociales explicando la situación pedagógica que tendrá que enfrentar en el ciclo lectivo 2021. La radio por internet con contenido audiovisual REC, un espacio virtual de noticias de Santa Fe, entrevistó a la docente para reflexionar sobre las diferencias entre el relato oficial y la realidad.

Aquí, el video de la entrevista.


Fuente: Canal de REC en YouTube

Libertad de expresión y dignidad

Hay libertad de expresión en nuestro país. A todos aquellos que dicen que no pueden expresar sus opiniones, les digo: si das tu opinión, debes asumir el hecho de que te pueden llevar la contraria. Expresar una opinión tiene sus costes. Pero la libertad de expresión tiene sus límites. Esos límites comienzan cuando se propaga el odio. Empiezan cuando la dignidad de otra persona es violada. Esta cámara debe oponerse al discurso extremista. De lo contrario, nuestra sociedad no volverá a ser la sociedad libre que es.
Angela Merkel, canciller alemana, en su mensaje al parlamento alemán en noviembre de 2019 (extracto)

Michael Sandel: «Debemos criar niños que tengan un sentido de gratitud y humildad cuando tengan éxito»

En determinada manera, la meritocracia es un ideal atractivo porque promete que si todo el mundo tiene las mismas oportunidades, los ganadores merecen ganar. Pero la meritocracia tiene un lado oscuro. Hay dos problemas con la meritocracia. Uno es que en realidad no estamos a la altura de los ideales meritocráticos que profesamos o proclamamos, porque las oportunidades no son realmente las mismas. Los padres adinerados son capaces de transmitir sus privilegios a sus hijos, no dejándoles en herencia grandes propiedades sino dándoles ventajas educativas y culturales para ser admitidos en las universidades. De hecho, en las universidades de la denominada Ivy League (…) hay más estudiantes que pertenecen al 1% de las familias con más ingresos del país que al 60% con menos ingresos. Así que el primer problema de la meritocracia es que las oportunidades en realidad no son iguales. El segundo problema de la meritocracia tiene que ver con la actitud ante el éxito. La meritocracia alienta a que quienes tienen éxito crean que éste se debe a sus propios méritos y que, por tanto, merecen todas las recompensas que las sociedades de mercado otorgan a los ganadores. Pero si los que tienen éxito creen que se lo han ganado con sus propios logros, también tienden a pensar que los que se han quedado atrás son responsables de estar así. Así que el segundo problema de la meritocracia es un problema de actitud ante el éxito que lleva a dividir a las personas en ganadores y perdedores. La meritocracia crea arrogancia entre los ganadores y humillación hacia los que se han quedado atrás.


(…) Por decirlo de otro modo: en lugar de encarar directamente la desigualdad ofrecieron el mensaje de que se podía conseguir la movilidad individual si se accedía a la educación superior, decían que para ganar en la economía global había que ir a la universidad y sacarse un título universitario, porque el dinero que uno iba a cobrar dependía de lo que había aprendido y estudiado, y que si uno se esforzaba podía lograrlo.


(…) Pero aunque puede ser de algún modo un mensaje inspirador, por otro lado es insultante, porque implica que si no has ido a la universidad y estás pasándolo mal en la nueva economía, la culpa de tu fracaso es sólo tuya. Y eso, insisto, es insultante para muchos trabajadores.


(…) Los que han llegado a la cima en la era de la globalización, llegaron a creer que su éxito era todo suyo porque lo habían ganado por sus propios méritos, y que los perdedores no tenían a nadie a quien culpar de su fracaso más que a ellos mismos. Eso refleja la idea meritocrática, porque si las posibilidades son iguales para todos, los ganadores merecen sus ganancias. A medida que estas actitudes se afianzaban, la arrogancia meritocrática llevó a los ganadores a creer que su éxito era el resultado de sus propios talentos y del trabajo duro, y llevó la desmoralización y la humillación a los perdedores. Y una de las formas más potentes y poderosas de reaccionar contra eso es la acción violenta y populista contra las élites. Muchos trabajadores sienten que las élites los desprecian, que no los respetan, no respetan el tipo de trabajo que hacen.


(…) Creo que deberíamos concentrarnos menos en preparar a la gente para la competencia meritocrática y centrarnos más en la dignidad del trabajo. Debemos impulsar medidas y políticas que hagan la vida mejor y más segura para los trabajadores, independientemente de cuáles sean sus logros y títulos académicos.


(…) Pero no me malinterprete: no digo que debamos abandonar el proyecto de igualdad de oportunidades. Ese es un proyecto muy importante, moral y políticamente. El error es asumir que crear más igualdad de oportunidades es una respuesta suficiente a las enormes desigualdades de ingresos y riqueza que ha provocado la globalización neoliberal.


(…) No debemos convertir la educación sólo en un instrumento de progreso económico, porque eso privará a nuestros hijos del amor por el aprender por el placer de aprender. Y otro aspecto importante que debemos inculcarles es que si tienen éxito el día de mañana será en parte gracias a su propio esfuerzo, pero en parte gracias también a sus maestros, a su comunidad, a su país, a los tiempos en que viven, a las circunstancias, a las ventajas de las que hayan podido disfrutar. Enseñar a nuestros hijos que su éxito sólo es resultado de su propio esfuerzo podría hacerles olvidar que están en deuda con los demás, incluida su comunidad. Debemos criar niños que tengan un sentido de gratitud y humildad cuando tengan éxito.


Michael Sandel, filósofo. Extractado de una entrevista de BBC News a propósito de su nuevo libro, «La Tiranía de la Meritocracia». Imagen: Memo.com.ar

Docencia en la pandemia: un relato que es todos los relatos

Claudia Abraham es una amiga de un amigo.

No aparece en los canales de televisión, las radios o los periódicos. No le consultan sobre la pandemia o acerca de la educación en cuarentena. Tampoco se reúne en mesa redonda con aquellos que deciden cosas, como por ejemplo exponernos a los docentes al contagio por presión de los medios o la protesta de algunos padres. Nada de eso. 

¿Quién es? Claudia se define a sí misma, qué mejor, como «solo una maestra que hace 29 años que transita por las aulas de la escuela pública y que apuesta a transformar junto a sus alumnos y sus padres este mundo tan injustamente desigual». Nada menos. 

En esa apuesta rayana a la utopía, que nos hermana a los docentes en la tarea titánica de transformar por medio de la educación, Claudia nos representa a todos los docentes, creemos. De un modo u otro y en mayor o menor medida, su experiencia nos es común y de allí que sea tan valiosa: viene desde el llano y trae consigo el fuego en el que se cocina la realidad de cada escuela, cada alumno, cada familia y que hace probable aquella transformación.

Hasta aquí, una semblanza de quien nos representa, decíamos, con el texto a continuación, que compartimos con nuestros lectores agradeciendo la deferencia de Claudia de permitirnos publicarlo:


Qué pienso, cuál es mi situación.

Partimos de un piso común, que es el de reconocer que el Estado no se hace cargo de brindar herramientas para que docentes y alumnos tengamos acceso a las tecnologías, tanto en lo que implica la compra de computadoras como en lo que refiere a lo específicamente formativo.

En el “mientras tanto” -que ya lleva más de una década y media- muchos docentes nos fuimos comprando computadoras, y las familias de los niños que concurren a las escuelas públicas, incluso aquellas que viven en los barrios más humildes, fueron accediendo a celulares. El mayor problema, en el caso de los chicos, sigue siendo la conectividad. En mi caso particular, fui aprendiendo todo por ensayo y error.

Mi primer vínculo con la tecnología se dio en la segunda mitad de los ’90, cuando tuve que presentar trabajos en la facultad. Por supuesto que para esa época era impensable que pudiera comprarme una computadora; así que escribía los trabajos a mano y me iba a la casa de mi hermana a tipearlos. Digamos que estaba ante una preciosa máquina de escribir que me permitía borrar sin dejar marcas, guardar en un archivo y presentar de manera prolija las monografías y trabajos prácticos que entregaba a mis docentes de la Escuela de Letras.

Corría el año 2005 y yo seguía siendo una maestra pobre, con nulas posibilidades de adquirir tan preciado bien. Como ya tenía varios ciber cerca de casa, me iba allá a “escribir a máquina”.

Un día fui de visita a la casa de mi hermana, y mi sobrino Mauricio -que por entonces tenía 8 años- me dijo: “Tía, ya te abrí un correo. Vení que te enseño a usarlo”. De ese modo comenzó mi primera relación con Internet, lo cual me permitió recibir y enviar mails y leer distintos diarios y publicaciones.

En el año 2007 me compré la primera computadora e instalé cable e Internet en casa. Enorme fue mi felicidad cuando pude empezar a bajar libros que ya no se editaban, videos con música o películas. Escucho lo que decís sobre los dispositivos que se crearon cuando fue la Gripe A y quedo anonadada, porque en las escuelas de periferia como en la que yo trabajo, era impensable que los niños bajaran las actividades de una página web, como sí lo hacían los de las escuelas privadas.

Lo nuestro fue totalmente artesanal. El día en que se dispuso la suspensión de clases, preparamos actividades para un mes, las fotocopiamos para cada alumno y las dejamos en la escuela para que las mamás o los papás las retiraran en dirección.

En el año 2010 abrí mi cuenta en Facebook, y eso me permitió ponerme en contacto con gente del mundo real y el virtual. Entre los de la vida real, están varias generaciones de alumnos y padres. Con esto pude solucionar un problema cuando faltaba algún chico, porque enviaba las actividades por Messenger. También les sirvió a muchas mamás que estaban terminando la escuela secundaria con el Plan Fines o el Programa Vuelvo a Estudiar y me consultaban si tenían una duda, y a otras, que cursaban las carreras de Psicología, Historia o Ciencias de la Educación para que les hiciera alguna corrección de estilo en los trabajos que tenían que presentar.

Al día de la fecha, mi vínculo con la tecnología es el que me permiten mis posibilidades económicas. He tenido que priorizar cuestiones de salud que me resultaron sumamente costosas y no pude actualizar programas ni incorporar una cámara para hacer zoom. Tengo un celular que solo sirve para hablar y enviar mensajes de texto, y la pandemia me llegó en estas condiciones.

Supongo que te preguntarás cómo trabajé este año con chicos de tercer grado a los que apenas había visto seis días (en marzo tuvimos paros de 48 y 72 horas durante las primeras semanas). Como pertenezco al siglo pasado, buena parte de mi vínculo pedagógico ha sido epistolar. Todas las semanas desarrollaba mis clases por escrito, como si estuviera frente al aula, y una vez finalizadas las explicaciones, presentaba las actividades. Utilicé como recursos diferentes tipologías textuales y videos de YouTube.

Una vez armada la clase, se la enviaba por Messenger a una mamá, que se ocupaba de mandarla por WhatsApp al grupo de padres. Esto significa que hubo una importantísima mediación de los adultos para que los chicos pudieran trabajar porque tenían que leerles los textos que yo escribía. Muchos lo hacían desde el celular. Otros imprimían los archivos en una fotocopiadora que está en el barrio. El Ministerio de Educación de la Provincia mandó cuadernillos (una sola serie) en el mes de julio. La dirección de la escuela se ocupó de repartirlos junto con la merienda; algo que se hacía cada 15 días. Como yo ya venía planificando, me pareció que lo más adecuado era seguir trabajando del mismo modo en que lo venía haciendo y seleccionar aquellas propuestas de la publicación que resultaran útiles. De Nación también nos llegó material en el mes de agosto e hice lo mismo (de un total de seis series  nos llegaron cuatro). Sé que en algunas instituciones se decidió trabajar solamente con los cuadernillos y que en otras hubo docentes que optaron por no usarlos. Para mí era importante que también tuvieran contacto con material impreso, sobre todo porque en tiempos de normalidad, siempre armé biblioteca del aula (la mayor parte de mi carrera fue con libros míos y a partir del 2010 con los libros hermosos que nos llegaron de Nación).

Hasta mediados de octubre, cada 15 días, las familias le acercaban los cuadernos a una mamá, que se encargaba de traérmelos a casa en el auto para que yo los corrigiera y a los cuatro o cinco días se los devolvía. Si algún chico tenía alguna dificultad, las mamás me enviaban mensaje por Facebook y yo me comunicaba desde mi teléfono fijo con ellas o con sus hijos para explicarles algo. Había quienes por falta de conectividad no podían bajar los videos, pero tenían las netbooks que los hermanos mayores habían recibido a través del Conectar Igualdad durante la gestión de Cristina Fernández de Kirchner. Como podían movilizarse en moto porque sus empleos quedaban en la zona céntrica, les cargaba los videos en un pen drive. Hubo un caso de un niño que durante todo el año me mandó fotografías de sus trabajos y yo hacía la devolución por Messenger. Se dieron situaciones de mamás que no podían bajar los archivos porque tenían roto el celular y tampoco tenían dinero para las fotocopias. En esos casos, como tengo un abono mensual con la señora de la fotocopiadora, le hacía la transferencia y las pagaba yo (nada del otro mundo, porque la mayoría de los docentes de las escuelas carenciadas lo hacemos siempre).

A fines de octubre pude cambiar el aumento de los anteojos (tengo un problema severo en la vista). Como ya podía ver las imágenes con mayor nitidez, para que las familias no tuvieran que molestarse, les avisé que me mandaran las fotos con los trabajos de los chicos por Messenger o por mail a través de Google Classroom o a mi correo. Una buena parte lo hizo así. Otros prefirieron traerme los cuadernos a casa porque a los chicos les gustaba ver mi letra. No todo fue lineal a lo largo del año. Hubo momentos en los que se perdía el contacto con los chicos. Cuando esto ocurría, me comunicaba con las familias y el vínculo se retomaba. Sobre un total de 27 chicos, solo tuve dos casos en los que por más que hablé muchísimo, la respuesta fue muy escasa. Charlando con compañeras que cuentan con otro acceso a las tecnologías, me decían que mi situación no era diferente a la de ellas, y muchas de las dificultades que se presentan en la presencialidad, se replicaron en estas circunstancias.

En general, en la comunidad en la que trabajo, el acompañamiento familiar es mayor durante el primer ciclo y puede llegar hasta cuarto grado. En los últimos tres años del nivel, esto se reduce. Estimo que la idea que prima es que una vez alcanzada la alfabetización inicial, ya pueden moverse con más independencia.

Creo que es necesario pensar este momento que vivimos desde distintas aristas. La falta de conectividad es uno de los aspectos a tener en cuenta; pero no es lo único. Hay padres que ni siquiera pudieron terminar la escuela primaria; hay quienes se quedaron sin empleo (el 90% tiene formas de contratación precaria) y les costó un montón reinsertarse; otros sobreviven con changas y también están los que todavía se encuentran desocupados y ya ni siquiera cobran el IFE (que es poquísimo dinero). Esto provoca angustias, malestares y conflictos. Entonces habría que preguntarse, cuánta voluntad le queda a un adulto para ocupar un lugar que era desconocido para él, porque este trabajo nos corresponde a los docentes.

Valoro muchísimo el aporte de las tecnologías, y con un poco de suerte, para fines de mes voy a poder actualizar programas, incorporar una cámara y seguir aprendiendo más cosas; pero estoy convencida de que la presencialidad es insustituible. No sé cómo será este año, porque todo está en el plano de lo hipotético y lo que hoy es una tajante afirmación, mañana puede ser todo lo contrario.

Un abrazo.


Imagen: Politicayeducacion.com

«Los desafíos son enormes, todo el mundo se tuvo que adaptar»

Angela Paladino, Micaela Villalba y Matías Miguel, miembros de la revista científica Palabra clave y de la carrera de Bibliotecología de la Universidad Nacional de La Plata, entrevistaron a Alejandro Tortolini, docente e investigador especializado en cultura digital, videojuegos y educación, y autor de la frase que encabeza esta entrada.

En la entrevista, publicada bajo el título «Tecnologías, inclusión digital y alfabetización informacional en pandemia (y postpandemia), Alejandro se refiere a la actual situación de exigencias tecnológicas en plena pandemia con sus carencias, limitaciones y necesidades en un plano realista, afirmando que, «en primer lugar los más perjudicados son aquellos que no tenían las herramientas adecuadas para conectarse por internet a los recursos educativos. En segundo lugar, aquellos que no tienen conocimientos. Entonces, obviamente, quienes van a ser los peores afectados son los que no tienen herramientas y los conocimientos. Después hay todo un arco en el otro extremo que, podemos decir, son los que tienen la conexión, conocimiento y, lo que yo llamo, fluidez tecnológica».

Repleta de reflexiones y con una mirada que busca correrse del solucionismo para abordar respuestas reales a los desafíos de la hora, la entrevista completa puede leerse haciendo clic AQUÍ.

Los docentes y las pantallas: entre la imprevisión y el maltrato

Alertábamos, en el inicio mismo de la cuarentena y las clases virtuales, sobre la falta en el país de estrategias para la capacitación docente en el uso de las nuevas tecnologías. Y en aquel momento, lo que parecía una exageración -la compraventa de “humo informático”, aquellos discursos de los gurúes del marketing y la venta digital que hablan de educación, en lugar de una capacitación en serio para todos los docentes- hoy, quedaría demostrado, no solo produce metafóricamente víctimas del virus más mortal, la ignorancia, sino algo más real y concreto: el estrés, el cansancio, la frustración y hasta daños en la salud de los docentes. 

Al menos así lo demostraría un artículo publicado el pasado 19 de agosto en Redacción Rosario y firmado por la periodista Marcela Isaías, titulado «Pantallas sin tiempo». Un párrafo de la nota tal vez resuma el tenor de las vivencias docentes y sus reclamos:

El doble o el triple de trabajo. Muchas horas frente a las pantallas y otras tantas preparando las clases para una modalidad que la mayoría aprendió sobre la marcha. Todos los recursos salen del propio bolsillo docente: desde celulares hasta computadoras, además de los gastos para sostenerlos (pago de datos móviles, abonos de internet y mantenimiento de equipos). Tan es así que las clases dependen del aporte directo que hace la docencia. Es decir, son quienes en este momento sostienen la enseñanza. Aún así, aseguran que no siempre se valora la tarea que hay detrás del armado de una clase virtual; es más, han escuchado recriminar a las familias: ‘Mandan un videíto y listo’.

Así, la periodista recoge diferentes testimonios que describen lo heterogénea que es esta educación, desde sentirse acompañados por las instituciones o bien trabajando como en un call center.

El Ministerio de Educación provincial convocó a una capacitación docente, apenas terminado el receso de invierno: contrariamente a lo esperado y por lo intempestivo de la noticia, cada escuela decidió abordarla de acuerdo a su conveniencia -o intereses, por cierto- añadiendo aún más desconcierto y más presión.

Órdenes y contraórdenes de parte del Ministerio, salarios congelados, escuelas privadas que presionan para satisfacer a las familias, inestabilidad y sobrecarga, y hasta tarea social -entrega de bolsones para que no falte comida, en las zonas desfavorecidas-, son parte del menú diario de dificultades que perciben los docentes. Esto, sumado a la situación de algunas familias, desbordadas de trabajo.

Exigencia, exigencia y más exigencia parece ser la realidad actual que viven los docentes, una realidad que golpea.

La nota completa puede leerse haciendo clic AQUÍ

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