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Internet, privacidad y riesgos. - 2. página

Campaña “Reinventando el olvido en internet”

Qué es la ‘minería de datos’, un riesgo para la privacidad que sufrimos todos

En un mundo en el que donde casi todo está basado en el consumo, hasta el mínimo gesto puede convertirse en algo comercializable. Y en él, nuestras fotos publicadas en las redes sociales son una inagotable fuente de datos personales.

Este es el asunto que cubre con gran precisión y mucha información el artículo firmado por Quena Strauss para la publicación en línea Para Ti, para el que tuve el gusto de aportar algunas impresiones.

Los motores de análisis de datos que utilizan los expertos de marketing reparan en las expresiones faciales de quienes aparecen en las fotos. Con el motor de búsqueda adecuado, pueden saber cuándo, dónde y quiénes optan por determinado producto a fin de hacer crecer un negocio.

El artículo completo puede leerse haciendo clic AQUÍ.

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Riesgos y consideraciones a tener en cuenta al publicar fotos en internet

En mi primera columna en el programa “El Circo de la Vida”, hablamos sobre la publicación de fotos en internet, en particular las de niños y adolescentes. Las fotos cuentan mucho sobre nosotros y nuestros hábitos. Cuáles son los riesgos y qué precauciones debemos tomar para no poner en juego nuestra privacidad.

Muchas gracias a Pablo Pallares y equipo, por el espacio en la emisión de los martes a las 19hs. por FM POP Rosario 96.1 MHz.


Lecturas mencionadas en la columna:
Análisis del artículo de La Vanguardia.
Cómo borrar definitivamente un perfil del Facebook.

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Phishing o suplantación de identidad, un riesgo siempre latente

Si bien se trata de una forma de fraude bastante vieja y conocida, el phishing o suplantación de identidad, modelo de abuso informático que se comete mediante el uso de un tipo de ingeniería social, siempre es un riesgo que puede poner en jaque a los usuarios desprevenidos.

Debemos tener en cuenta que el fin último de este tipo de intromisión es el de adquirir información confidencial de forma fraudulenta -contraseñas bancarias, información sobre tarjetas de crédito, acceso a determinados sitios seguros, etc.-. El cibercriminal se hace pasar por una persona o empresa de confianza utilizando el correo electrónico, algún sistema de mensajería e incluso llamadas telefónicas, en una aparente comunicación oficial de la empresa en cuestión.

Este fin de semana me llegó el siguiente correo electrónico:

Este es un modelo de correo usado para phishing: supuestamente proviene de Mercado Pago, pero podría tratarse de cualquier otra institución. Recuerde: lo que intentan los delincuentes con esto es obtener de usted aquellos datos de seguridad que nunca le daría a nadie.  

Al hacer clic en el botón “Contáctanos”, se abrió una ventana del navegador mostrando esto:

 

Pude observar entonces en la barra de direcciones del navegador qué, si bien la página tenía el protocolo de seguridad esperado para un servicio de este tipo –https-, el dominio no hacía referencia alguna a Mercado Pago. Y aunque sí hiciera referencia -como por ejemplo, www.un-nombre.com/mercadopago- de todas formas el usuario debería verificar que el origen tenga un formato correcto, como el siguiente:

Simplemente, lo que hice fue entrar a mi cuenta de MP, verificar que no hubiera mensajes al respecto de la seguridad de mi cuenta y denunciar al sitio falso usando este link.

Finalmente, recordemos esto: ninguna empresa nos pedirá información personal, como nuestro número de tarjeta de crédito, identificación, claves de seguridad o número de identificación fiscal, por e-mail o por teléfono.

Debemos prestar atención a estas pocas señales de advertencia, a fin de resguardar la seguridad de nuestros datos cuando usamos internet. 

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La sobreexposición del menor a las redes sociales podría considerarse desprotección paterna

Tratando la cuestión de la privacidad y seguridad en internet, en nuestras charlas y talleres con docentes, padres y aun con los propios chicos, el tema de la publicación de las fotos de menores es uno recurrente.

Por nuestra parte, una constante es brindar una serie de consejos y recomendaciones al respecto -algunos de ellos se pueden leer siguiendo este vínculo, pero siempre insistimos en la oportunidad y pertinencia de ello: ¿hace falta publicar esa foto? ¿no compromete de algún modo al niño y su familia?

Pero hay una más importante, que raras veces surge y que es justamente el motivo de esta entrada: ¿está de acuerdo el niño con que la foto sea publicada? Usted pensará, lógicamente, que con bebés y niños pequeños esta última pregunta no aplica, pero sin dudas es una que los padres mismos deberían hacerse: “¿qué consecuencias puede tener la publicación de esa foto en el futuro de mi bebé?”

En un artículo publicado en el medio online LaVanguardia.com, titulado “El motivo por el que no debes subir fotos de tus hijos a las redes no es el que crees”,  la psicóloga infantil Silvia Álava considera esta cuestión de un modo que no deja lugar a dudas, afirmando que “la vida privada del niño es del niño, no de sus padres”. Muy claro: los padres deberían considerar el resguardo tanto de la seguridad como de la privacidad de sus niños al momento de publicar una foto, asumiendo en todo momento que es un derecho del propio niño que los padres deberían respetar. Después de todo, esa foto que alegremente publican hoy podría afectar de algún modo el futuro de ese niño, porque internet no olvida. Esas fotos estarán allí por siempre, aun después de borrarlas.

Si tenemos en cuenta la antigüedad de las redes sociales digitales y otras plataformas de publicación de contenidos -Facebook cumple catorce años; Twitter, once; You Tube, trece, por nombrar las más populares-  el niño que aparece en aquella foto en los inicios de Facebook ahora es un adolescente o joven siguiendo una carrera o iniciándose en su primer trabajo. Pensando en esto, ya no parecen tan graciosas aquellas fotos de sus travesuras, de su llanto o del torpe movimiento de sus primeros pasos.

Hoy en día, el crecimiento abrumador de la cantidad de usuarios de las redes sociales ha multiplicado exponencialmente las posibilidades de acceso a los videos e imágenes de menores que, seguramente sin ninguna mala intención, un padre pudiera haber compartido sin considerar que estaba vulnerando su derecho a la intimidad.

Pero una realidad es que los jóvenes son cada vez más conscientes de los derechos que tienen, y el derecho a la privacidad no es la excepción. “Hay que pensar si al niño le gustará aparecer vestido de indio en las redes sociales”, afirma el presidente de la sección de infancia y adolescencia del Col·legi D’Advocacia de Barcelona, España, Javier Puigdollers, citado en el artículo mencionado más arriba.

La situación llega a extremos impensados, le aseguro.

Algunos ejemplos referidos en el artículo de LaVanguardia.com:  una joven austriaca de 18 años, en 2016 demandó a sus padres por compartir más de 500 fotos suyas en Facebook sin su consentimiento. Un niño de 13 años canadiense, interpuso una querella contra sus progenitores por colgar fotos que, dice, “arruinan su reputación”. Son casos extremos, claro, y seguramente tienen un trasfondo mucho más complejo del que podríamos analizar en este espacio, pero son sin dudas una señal de que algo estamos haciendo mal. 

Algunos países están tomando nota de esto: en Francia, el Estado puede sancionar a los padres que compartan fotos de sus hijos en las redes sociales con multas de hasta 45.000 euros o un año de prisión.

Pero más allá de las cuestiones legales, consideramos que se trata, al decir de Fernando Peirone, de un fenómeno social antes que tecnológico, y que debe abordarse educando en el uso de estos sistemas y sus riesgos.  Y sobre todo, debe  primar el sentido común: qué, cómo y cuándo publicar son decisiones que deben ser tomadas en base a la privacidad del niño y lo que se muestra. Usted seguramente está muy orgulloso de los logros y travesuras de su hijo, pero recuerde que él no es usted: tiene sus propios derechos, el derecho a la privacidad incluido.


Fuente: LaVanguardia.com
Foto: 2x4therapist.com

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Videojuegos: alerta para padres

Un alerta padres: ¿sabe usted a qué juegan sus chicos cuando pasan tiempo sentados frente a un videojuego? Hay de todo y para todos los gustos y edades. Pero también hay riesgos:

¿Alguna vez te pusiste a pensar sobre el contenido ético de los juegos en la red? Pues deberías, porque el ciberespacio está lleno de juegos siniestros en donde se premia al más asesino, al más violento, al más violador.

Sobre todo esto habla la nota, al tiempo que brinda una serie de alertas y consejos para padres, junto a la opinión de varios especialistas. Muy recomendable.

Muchas gracias a la autora de la nota, Quena Strauss, por invitarme a aportar algunas impresiones al respecto de esta problemática. La nota se lee completa haciendo clic aquí.

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Lo mejor que podemos hacer con los trolls es ignorarlos

Reciben el nombre de trolls –tema que hemos tratado hace un tiempo en nuestra columna de radio- aquellos individuos intimidadores y acosadores que suelen publicar comentarios deliberadamente ofensivos con el fin de enfadar, provocar o perturbar a otros.

En un artículo para The Conversation, una fuente independiente de noticias y puntos de vista de la comunidad académica, la profesora de Psicología de la Federation University, Australia, Evita March, afirma que este tipo de conductas de acoso online están demostrando trastornos que van desde la depresión o baja autoestima a la fobia social.

En un estudio que surge de una muestra de 396 adultos -75.9% mujeres y 24.10% hombres- para evaluar su orientación hacia las recompensas sociales atípicas -la llamada ‘potencia social negativa’- y su participación en los comportamientos de troleo en Facebook, los especialistas detectaron que el sadismo es el factor más predominante.  Sin embargo, lo más sorprendente para los investigadores fue descubrir que, si bien los rasgos antisociales de la personalidad desempeñan un papel importante en esta conducta, lo que realmente influye en el comportamiento del troll es el placer social derivado de saber que los demás están molestos por él, y cuanto más negativo es su impacto social más se refuerza su comportamiento.

Según afirma March, una forma de tratar de comprender por qué las personas se dedican al troleo es investigar si es probable que presenten rasgos de personalidad particulares, como el narcisismo -se asocia con sentimientos de superioridad y ‘ego inflado’-, la psicopatía -vinculada a la impulsividad y la insensibilidad-, el maquiavelismo -asociado con la manipulación y explotación de otros- y el sadismo -el placer de infligir dolor a los demás-, patologías conocidas como la “tétrada oscura”. Estos rasgos comúnmente apuntalan muchas formas de manipulación social y engaño e implican un impulso para el autodesarrollo despiadado, la agresión, la falta de empatía y la insensibilidad severa.

Como conclusión de este descubrimiento, March sugiere una manera fácil de tratar con los trolls: “ignórelos, en lugar de darles la satisfacción de una reacción de enojo. Si no reciben esa recompensa social negativa, entonces su motivación para participar en este comportamiento probablemente disminuirá”.

Sin dudas, un excelente consejo. 


Los resultados completos del estudio se pueden leer -en inglés- haciendo clic aquí.
Fuentes: QuoThe ConversationScienceDirectWikipedia

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Espiados por nuestros aparatos

Una lectora del periódico The New York Times estaba usando una aplicación Auto Speak para publicar un comentario en un artículo del diario, cuando llegó a su casa un amigo y comenzaron a conversar. La aplicación siguió grabando sin que ella se diera cuenta y publicó automáticamente en los comentarios la charla completa entre ella y su amigo.

La comentarista lo explicó luego, y la situación finalmente quedó graciosa, pero es imposible no pensar en los riesgos que implica tener aplicaciones -o artefactos, como los smart TV- que puedan estar registrando lo que hacemos y decimos en privado y sin darnos cuenta.

Son los riesgos de “internet de las cosas”: ser espiados en nuestros hogares por nuestros aparatos electrónicos, algo de lo que hablamos hace un tiempo en una de nuestras columnas. 


Fuente: The New York Times

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