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Opinión

Comentarios y opiniones

El etiquetado de fotos en Facebook que reveló la caída del 3 de julio

Si bien no es nuevo, para muchos resultó sorprenderte descubrir el modo en que funciona el etiquetado de fotos de Facebook. La cosa fue así: la red social presentó inconvenientes -también lo hicieron Instagram y Whatsapp- a la hora de publicar fotos, las que mostraban una etiqueta -tal como se observa en la captura de pantalla de más arriba- en lugar de la imagen correspondiente.

Si bien no hay información oficial al respecto, algunos medios informan que el problema fue una falla en su red de entrega de contenidos, o content delivery network (CDN), lo que le impidió a los usuarios intercambiar su habitual volumen de memes y audios de entre 1 segundo y 5 minutos.

La tecnología de inteligencia artificial que usa Facebook para etiquetar las fotos desde el 2016, y que según la empresa sirve mejorar la accesibilidad de las personas con discapacidad mostraba, en vez de la imagen, palabras. Observar frases como “personas sonriendo”, “dos personas con gafas de sol” o palabras sueltas como “zapatos” o “reloj” generaron una gran inquietud con respecto al uso que Facebook hace de la valiosa información comercial que se recopila de este modo.

¿Las marcas, principales beneficiarios de nuestras fotos?


Fuente: ATV
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Postman y las 5 cosas que necesitamos saber sobre el cambio tecnológico

Neil Postman fue un sociólogo y crítico cultural estadounidense, fallecido en el año 2003. Fue discípulo de Marshall McLuhan, director del Departamento de Cultura y Comunicación de la Universidad de Nueva York, y profesor de Ecología de los medios o Media Ecology. Gran parte de su obra se alza como una denuncia: la cultura ha sido secuestrada por la tecnología. Esto es, la seducción tecnológica se ha impuesto a la innovación social, a la creatividad cultural.

En una charla que presentó en Denver, Colorado, el 28 de marzo de 1998, titulada Five Things We Need to Know About Technological Change, propuso cinco cosas que necesitamos saber acerca de cualquier cambio tecnológico. Aquí, un resumen:

Primera idea

Para cada ventaja que una nueva tecnología ofrece, hay siempre una desventaja correspondiente. (…) Si dependiera de mi, prohibiría que cualquier persona hablara sobre las nuevas tecnologías de información a menos que tal persona pudiera demostrar que él o ella sabe algo sobre los efectos sociales y psíquicos del alfabeto, el reloj mecánico, la imprenta y el telégrafo. En otras palabras, si sabe algo acerca del costo de tecnologías importantes. La idea número uno, entonces, es que la cultura siempre paga un precio por la tecnología.

Segunda idea

Las ventajas y desventajas de nuevas tecnologías nunca están distribuidas equitativamente entre la población. Las preguntas, entonces, que nunca están lejos de la mente de una persona que tiene conocimiento acerca del cambio tecnológico son estas: Específicamente, ¿quién se beneficia con el desarrollo de una nueva tecnología? ¿Cuáles grupos, qué tipo de persona, qué tipo de industria serán favorecidos? Y, por supuesto, ¿cuáles grupos de personas serán afectados en consecuencia? Esta edad de la información puede convertirse en una maldición si estamos tan enceguecidos por ella como para no ver en dónde yacen realmente nuestros problemas. Es por eso que siempre es necesario que preguntemos a aquellos que hablan de manera entusiasta sobre la tecnología de computadores, ¿por qué lo hace? ¿qué intereses representa? ¿a quién espera darle poder? ¿aa quién va a quitarle poder? Con esto no quiero atribuir motivos desagradables, ni mucho menos siniestros a nadie. Sólo digo que dado que la tecnología favorece a ciertas personas y perjudica a otras, hay preguntas que siempre deben hacerse. Así que, siempre hay ganadores y perdedores en el cambio tecnológico, es la segunda idea.

Tercera idea

Incorporada en cada tecnología hay una idea poderosa, a veces dos o tres ideas poderosas. Estas ideas están, a menudo, ocultas a nuestra vista porque son de una naturaleza algo abstracta. Pero esto no significa que no tengan consecuencias prácticas. (…) cada tecnología tiene un prejuicio (…) Tal vez podemos decir que una persona informática valora la información, no el conocimiento, ciertamente no la sabiduría. De hecho, en la edad de los computadores, el concepto de sabiduría podría terminar por desvanecerse. Cada tecnología tiene una filosofía que es expresada en la forma en la cual hace que las personas usen su mente, en lo que hace a nuestros cuerpos, en cómo codifica el mundo, en cuáles de nuestros sentidos amplifica, en cuáles de nuestras tendencias emocionales e intelectuales ignora.

Cuarta idea

El cambio tecnológico no es aditivo, es ecológico. Un nuevo medio no agrega algo; cambia todo. Por eso debemos ser cautos frente a la innovación tecnológica. Las consecuencias del cambio tecnológico son siempre vastas, a menudo impredecibles y ampliamente irreversibles. Sus pruebas [IQ, SAT, GRE] redefinieron a lo que nos referimos como aprendizaje, y han llevado a que reorganicemos el currículo para acomodar las pruebas.

Quinta idea

Los medios tienden a volverse míticos. Uso esta palabra en el sentido en el cual fue usada por el crítico literario francés Roland Barthes. El usaba la palabra “mito” para referirse a una tendencia común de pensar en nuestras creaciones tecnológicas como si fueran dadas por Dios, como si fueran parte del orden natural de las cosas. Autos, aviones, TV, películas, periódicos han alcanzado un estatus mítico porque son percibidos como regalos de la naturaleza, no como artefactos producidos en un contexto político e histórico específico. Cuando una tecnología se vuelve mítica, es siempre peligroso porque entonces es aceptada tal cual, y por consiguiente no es fácilmente susceptible a modificación o control. (…) En cada gran tecnología hay incorporado un prejuicio epistemológico, político o social.

Sin dudas, provocador. Y en estos tiempos de medios entreverados con el poder y, al decir de Morozov, de solucionismo tecnológico, recuperarlo se hace necesario.


Fuentes:
reAprender
“Five Things We Need to Know About Technological Change”
InfoAmérica
Imagen:
Living in a Media World

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Suicidio colectivo

El desprecio por la ciencia va paralelo al desprecio por educación y la formación rigurosa en buena parte de la dirigencia y la sociedad. Un suicidio colectivo.
Mariano Narodowski, en https://twitter.com/narodowski

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No caer en la trampa de la viralización falaz

Recorriendo Facebook encuentro en el muro de un conocido el siguiente cartel, sin ningún comentario o aclaración al respecto. Creo suponer que en la actual coyuntura de crisis, con colegios tomados en la ciudad de Buenos Aires, la lectura que podría hacerse de la publicación es la de una feroz crítica no solo a la actitud de los alumnos, sino también hacia un supuesto deplorable estado de la educación que los llevaría a escribir de manera tan brutal.

Dado que habitualmente chequeo el origen de las publicaciones sin una fuente o referencia clara y confiable, hice lo propio con este cartel: busqué la referencia o el origen de la publicación. El modo de lograrlo es sencillo: solo basta hacer un clic con el botón derecho del mouse y seleccionar Buscar imagen en Google

Me costó la búsqueda, algo complicada por las decenas de sitios que replican este cartel junto a otros que contienen errores groseros de ortografía, pero finalmente lo encontré:

No solo se trata de una foto publicada originalmente en un medio nacional en 2012, sino que además el cartel fue groseramente modificado para cargarlo de un metamensaje que evidentemente no tiene. 

Es importante no caer en la trampa de la viralización falaz y malintencionada, para no ser difusores involuntarios de tales cosas. El uso responsable de las redes sociales debería obligarnos a ser veraces en lo que compartimos, coincida o no con lo que pensamos. 

Ser ciudadanos digitales responsables, es la consigna. 

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La diferencia conceptual entre un alumno escolarizado y el alfabetizado

Leyendo a Michel Serres, filósofo y ensayista francés, en Pulgarcita -reconozco que tardíamente, es un trabajo de 2012- se mezclan muchas convicciones y algunas tristezas. Serres promueve y augura los cambios necesarios en la educación al tiempo que reconoce la dificultad central en esa cuestión: quienes organizan las reformas lo hacen según modelos perimidos desde hace largo tiempo. Mientras tanto –pensamos- el actor principal sigue creando su propio ecosistema -o “digitosistema”a su ritmo y frente a las incertidumbres -o inoperancia- de los adultos.

No puedo más que coincidir con esa mirada. Históricamente, la escuela fue un ámbito mayormente cerrado, un mundo particular girando en su propia galaxia ajena y aislada de lo cotidiano.  El mundo no entraba en la escuela, la escuela salía a él para mirarlo como un espectador, y en el mejor de los casos, analizarlo pero sin mezclarse. Ya en una excursión, una vista a una fábrica o un recorrido por el museo, eran todas excursiones al afuera como turistas de una realidad que de todos modos habitábamos, pero después de la campana de salida.

Hace varios años escribí un artículo que titulé El aula, en cualquier momento y en cualquier lugar, a partir de algunas ideas que fueron surgiendo mientras preparaba una serie de talleres que presenté luego en una escuela local, sobre algunas herramientas y servicios digitales que los docentes teníamos -tenemos- a la mano para utilizar en nuestras clases. Ese texto se convirtió luego en el eje de mi tesis final de la capacitación docente, así de relevante me resultó.

La experiencia viene a cuento porque aquel escrito tuvo una cantidad de comentarios entusiastas -en el mismo post y en charlas personales-, todos ponderando el acceso a esos recursos y el conocimiento de ellos. Pero uno en particular me llamó la atención: una docente innovadora, con años de experiencia en el aula y en la gestión, me hizo la salvedad de que reconocía el valor de los recursos digitales, pero reivindicaba espacio-aula como el lugar más relevante de la escuela. Siempre creí que esa, aun en boca de una hacedora, fue una confesión de incertidumbre.

La escuela, o mejor dicho los adultos que la habitan, necesitan, anhelan, se exigen cerrarse sobre si mismos y proteger ese territorio que temen perder. 

Pero años después la realidad demuestra lo que ya sospechábamos: aquella resistencia fue vencida y el mundo -el digital- se metió con toda su prepotencia en la escuela, y aquella incertidumbre convirtió a sus referentes adultos, en muchos, tal vez demasiados casos, en espectadores absortos, que solo atinan a criticar aquello que los confunde: la nueva realidad de chicos hiperconectados que reclaman nuevas maneras de organizarse, de aprender, de cuestionarse, de actuar y aún de ser. 

En palabras del propio Serres, “hoy la pedagogía cambia por completo con las nuevas tecnologías, cuyas novedades son sólo una variable cualquiera dentro de la decena o la veintena que (…) podría enumerar. Este cambio (…) repercute poco a poco en todo el espacio de la sociedad mundial y el conjunto de sus instituciones caducas”.  De allí es que entendemos aquella insistencia de los reformistas de la educación: opinan, proponen, legislan y arriesgan sobre los viejos modelos perimidos, concebidos para una escuela que ya no existe, porque es aquella sociedad que los propuso la ya no existe. Como en una noria, cada propuesta parece ser una vuelta más en redondo sobre las mismas viejas ideas. Los avances no son avances, son solo una vuelta más. Rascando la superficie de cada novedosa teoría vuelve a emerger el pasado.

Algunos ejemplos de decisiones desacertadas por lo anacrónico -como la prohibición de uso de los celulares en la escuela o la eliminación del espacio específico para adentrarse en el mundo digital-, y aun la cara del especialista que hablaba loas del pretendido cambio del libro por la netbook de Conectar Igualdad cuando le pregunté “¿Y eso que cambia?”, hablan a las claras, entendemos, de aquella incertidumbre a la que nos referíamos párrafos más arriba.

Los nuevos paradigmas englobados en “neologismos pedagógicos” que pueblan las propuestas en apariencias innovadoras, suelen esconder otros propósitos, algunos comerciales -onerosas conferencias, elevadas cuotas escolares, etc.-, otros desviados de la realidad -meritocracia y evaluaciones que solo sirven para llenar estadísticas-, ninguno de ellos orientados, presumo, a lograr consensos y cambios genuinos.

La educación experimenta hoy un cambio cultural que necesita de la reflexión y la participación de todos sus actores, con la certeza de que en la base de ese cambio se encuentra la enorme diferencia conceptual que existe entre un alumno escolarizado -en tanto parte del sistema- y el alfabetizado que cuenta con recursos para enfrentar las realidades y exigencias del siglo XXI. 


Imagen: Blog Biblioteca UniZar
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