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Opinión - 2. página

Comentarios y opiniones

El Garrahan necesita la verdad tanto como a las tapitas

El título de esta entrada no significa que despreciemos o neguemos la importancia de la campaña. Al contrario, la hemos apoyado y alentado tanto desde este espacio como en las escuelas en las que trabajamos. Sin dudas, la campaña del Hospital Garraham convocando a la comunidad a donar tapitas de gaseosas, ha logrado mucho: por ejemplo, que el dinero de la venta se destine a la construcción del nuevo Centro de Atención Integral del Paciente Oncológico de un Hospital que es el máximo referente de salud pública, gratuita y de alta complejidad pediátrica de la Argentina.

Pero semejante tarea necesita también, imperiosamente y urgentemente, de la verdad.

Leyendo el libro “La Argentina fumigada” de Fernanda Sández, me encuentro con el relato de Mechi Méndez, una enfermera de Cuidados Paliativos en Oncología Pediátrica del Garrahan. Ella cuenta lo que sucede puertas adentro: “se atiende a Fulanito que tiene una leucemia” dice, “no a Fulanito que tiene una leucemia y viene de un pueblo fumigado. El tema es que lo otro no lo ven, se van a seguir produciendo enfermos”.

Se trata de nada menos que el crudo relato de quién vive en carne propia el sufrimiento ajeno. No se lo han contado. Lo ve todos los días en muchos de los niños a su cuidado.

En el video a continuación la enfermera Méndez, que además ha creado un canal de You Tube como ayuda en su esfuerzo en concientizar y comprometer a directivos, médicos y personal intermedio del hospital, cuenta su derrotero desde que se percató del problema en 2011.

La historia completa de esta lucha y otras, se relatan en el libro de Fernanda, de imprescindible lectura.

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¿Quién gana y quién pierde con la automatización?

Semanas atrás nos referíamos en este espacio al proyecto presentado en la Comisión Europea proponiendo las seis leyes de la robótica, una especie de remedo de las 3 leyes de Asimov que revela hasta que punto el tema dejó de ser producto de la ciencia ficción desde hace mucho tiempo, para convertirse en un debate de profundas implicancias y con resultado imprevisible.

Uno de los puntos más controvertidos de la propuesta europea, decíamos en aquel artículo, es que de aprobarse los robots deberán pagar impuestos como una forma de reducir el impacto social del desempleo provocado justamente por su uso.

En medio de todo este debate, no deja de sorprender que el propio Bill Gates haya propuesto algo parecido hace un par de semanas: en un articulo publicado por BBC Mundo, el multimillonario fundador de Microsoft sugirió que parte del financiamiento de las nuevas actividades realizadas por robots  -reemplazando al operador o empleado humano- podría proceder de los impuestos sobre las ganancias generadas por el ahorro en pago de mano de obra derivado de la automatización.

Las palabras de Gates despertaron curiosidad e interés, no sólo por ser él mismo parte fundante de la industria que habilitó un avance sin precedentes en el área, sino además por su mirada del otro lado del mostrador: algunos economistas afirman que la automatización barata ya desvió los ingresos de los trabajadores hacia los propietarios de las empresas. 

La discusión sobre la diferencia entre la máquina que complementa al hombre y la que lo reemplaza marcó el origen mismo de la Revolución Industrial con el movimiento ludita, una breve pero violenta revolución encabezada por artesanos ingleses en el siglo XIX que protestaban contra las nuevas máquinas -el telar industrial y la máquina de hilar. Ellos se sabían amenazados por esas tecnologías que reemplazaban a los artesanos con trabajadores menos calificados y de salarios más bajos, dejándolos sin trabajo.

Esta discusión se continuó a través de las épocas, centralmente desde el punto de vista del trabajador. Dudas cuasi filosóficas tales como si la máquina reemplazará al hombre o qué hacer con la mano de obra desempleada por la automatización ocultaron un debate que, sospechamos, es hacia donde apuntan los economistas: cada centavo que se ahorra de pagarle al trabajador humano queda ahora en el bolsillo del empresario. Un reparto más justo se hace necesario.

Gates sugiere a los gobiernos que eleven los impuestos y reduzcan la velocidad de la automatización, de modo que pueda gestionarse el proceso desplazamiento de trabajadores en un amplio rango de empleos. El impuesto a los robots permitiría financiar, dice, el entrenamiento de las personas desplazadas por la automatización para empleos en los cuales los seres humanos son especialmente aptos, como el cuidado de los ancianos o la educación de los niños.

En respuesta a esto, algunas compañías tecnológicas sugieren que sean los consumidores y no las empresas las que paguen ese impuesto, ya que el costo de los productos fabricados por los robots es menor. Siempre y cuando, añadiríamos nosotros, los empresarios ajusten los precios a valores que realmente reflejen ese cambio tecnológico. En tiempos en que, por usar un ejemplo, el petróleo baja y el combustible sigue subiendo, se hace difícil confiar en semejante gesto de su parte.

Varios especialistas están trabajando en propuestas superadoras a la idea del impuesto, que anticipan podría perjudicar la automatización al frenar la innovación. Una de esas propuestas es que el Estado baje los impuestos a los trabajadores humanos y redistribuya mejor los ingresos de los robots.

Mientras tanto, los que pierden en este juego parecen ser siempre los mismos. Y los que ganan, también.


Fuentes: Suplemento Economía de Clarín – BBC Mundo
Imagen: Media Telecom
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De discursos y oquedades

El análisis de la escritora y ensayista Beatriz Sarlo del discurso del actual Presidente ante la Asamblea Legislativa, es uno de esos lugares, creemos, en el que los discursos se resignifican para mostrar el peso -o la liviandad- de las palabras.

Por nuestra parte, solo proponemos escuchar una voz diferente. Las consideraciones y conclusiones, como siempre, quedan a cargo del lector.


Fuente: La Nación
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A las tecnológicas no les interesa tu opinión ni tus problemas

Psafe, la compañía de servicios gratuitos de seguridad online, decidió discontinuar la actualización de su software antivirus para computadoras de escritorio. Esta medida fue decidida por la empresa de acuerdo a sus términos de uso, en forma unilateral e inconsulta.

“Vaya y consígase otro antivirus”, es la consigna. No importa el problema que esto le provoque al usuario, justamente esa persona que está al otro lado de la línea y que confió en el producto para usarlo durante largo tiempo.

Usted dirá, “están en su derecho”. O tal vez piense que después de todo, no es un problema. Sin embargo, imagine por un momento que todos los servicios que usted usa, al mismo tiempo y del mismo modo dejen de proveer soporte o discontinúen esos productos que usted usa. ¿Lo afectaría a usted de algún modo? ¿Se siente con ganas y conocimiento suficiente como para salir disparado a buscar los reemplazos?

Claro, no es la primera vez que sucede: nos hemos quedado en el pasado, de un golpe y sin aviso previo, sin Buzz, Wave o Reader, por citar ejemplos de otra empresa a la que suele no importarle a quién afectan estas decisiones, como lo es Google.

Días atrás mencionábamos el problema de la pérdida de datos a causa del error, y del deterioro y la obsolescencia de los soportes. Decisiones como las de Psafe son la otra pata del problema sobre el que se asienta la fragilidad de los sistemas: las empresas deciden qué les conviene o no, y el usuario debe adaptarse o perder.

Porque, según parece confirmarse, también para las empresas el eslabón más débil de la cadena es justamente, el usuario. 

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Ciber… devaluado

En este “ciberlunes”o peor, “cyber monday”, ¡horror!– recordé la frase de Bateson y el profundo significado de una palabra con la que algunos adelantados definieron esta ciencia:

La cibernética es el más grande mordisco a la fruta del árbol del conocimiento que la humanidad haya dado en los últimos 2000 años.
Gregory Bateson, epistemólogo, antropólogo, cibernetista y padre de la terapia familiar.

Algunos han cambiado “conocimiento” por “consumo”. Nosotros no, al menos.

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Centro de consumo

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Sir Tim Berners-Lee, el creador de la World Wide Web, ha declarado que está un poco harto de lo que ha terminado siendo la telaraña mundial.

En un artículo del New York Times que levanta el sitio especializado Xataka, se explican los porqué de sus palabras: la red se ha convertido en un gigantesco y poderoso mecanismo de espiar y monitorizar todo lo que hacemos en ella.

Berners-Lee se ha puesto entonces a trabajar junto a un grupo de expertos para tratar de resolver estos problemas. El objetivo es crear una web distinta, descentralizada y que no esté sujeta al control por parte de gobiernos y empresas. Es decir, lo que alguna vez fue.

Lo cierto es -y esto lo decimos nosotros- que la red es lo que hemos hecho de ella: un centro de consumo. Hoy en día, sólo el 20% de lo que hacemos en ella refiere a la lectura de contenidos, que fue la razón de ser en el origen de la red: el acceso a la información. El resto es comunicación, comercio y entretenimiento. Lo que no estaría mal, si no fuera por la avidez consumista de los usuarios. Y sin dudas eso fue lo que despertó a la bestia dormida: toda una industria se generó a partir de esa avidez, con carreras nuevas, cargos creados y gurús incluídos. Vender, vender, vender, es la consigna: productos, publicidad, información, datos, y un largo etcétera.

Me permito disentir con el Sr. Berners-Lee en que no hay que cambiar internet: lo que hay que cambiar en realidad es esta cultura consumista, porque lo volverán a hacer cualquiera sea el formato.

Pero bueno, Sir Tim y compañía son los que saben, vamos a dejarlos hacer.

A propósito, muchos de los que opinan -no es el caso de Berners-Lee, claro- no pueden explicar qué es internet. Harían bien en aprender la diferencia entre internet, la web, servicios, etcétera, como para no confundirse y por ejemplo, dejar de llamar a este señor, “padre de internet”.

El debate está abierto.

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Poke-no, poke-nada

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Cada vez que se plantea este debate anacrónico y de sainete, entre tecnólogos que celebran cada novedad en materia de dispositivos, y los tecnófobos que anticipan el cese de toda inteligencia humana por culpa de algún aparato nuevo, recuerdo el mismo incidente. Paso a contar.

Hace unos años, para un Día del Estudiante en el que se convocaba a los pibes a celebrarlo en la escuela, un grupo de alumnos del Secundario tuvo la idea de crear una parodia de un popularísimo programa de TV. La respuesta inmediata de la Sra. Directora fue, “Fulano –colóquese aquí el nombre de celebérrimo conductor- jamás va a entrar a esta escuela”. Fin de la historia. Una oportunidad perdida -otra más- de traer lo cotidiano a la escuela para debatirlo, desmenuzarlo, ponerlo bajo el microscopio del sentido común, sacarle partido para el lado del aprendizaje. Pero no.

La institución escuela siempre fue morosa en incorporar las novedades, ya lo hemos analizado en reiteradas ocasiones. Pero en los últimos años ha sucumbido frente a las contradicciones, los temores, las incertidumbres más velozmente que nunca, suponemos que abrumada y casi rendida ante la velocidad de los cambios. Y entonces prohíbe. Ante el menor viso de novedad que altere su ya ajada estructura, prohíbe.

No debate, prohíbe. No consulta, no convoca, no propone. Prohíbe.

La escuela se está volviendo una máquina de prohibir. 

Aquellos debates que mencionábamos al inicio, no son novedosos. En los últimos años muchísimas escuelas han prohibido el Mundial de fútbol en el aula, se han prohibido los celulares sin considerar siquiera un uso pedagógico de tal artefacto de los infiernos, y hasta se ha hecho desaparecer el espacio curricular específico en el cual, justamente, podrían producirse algunos de los aprendizajes más significativos en lo que refiere al uso de las nuevas tecnologías. Y además, las contradicciones, con eventos facilitadores de acceso desde los estratos oficiales, tanto nacionales como provinciales, para después prohibir o restringir su uso en las escuelas. 

Ahora llegó el turno de la Realidad Aumentada (RA) y la caza de bichos que propone la app Pokemon Go, como si fuera esta la primera aplicación que la usa. Y por supuesto, corremos a prohibirlo o a sancionar a los alumnos que lo usen en la escuela,  en un mensaje que no analizaremos aquí pero que sólo trasluce más contradicciones.

No voy a opinar aquí sobre el juego, sus efectos o sus potencialidades. Sólo expreso mi anhelo de que la Escuela abandone ese estado de temor permanente ante la novedad y proponga el debate, junto a autoridades, docentes y la comunidad toda. Sólo así se producirán verdaderos aprendizajes en la escuela democrática que pretendemos construir en estos tiempos.

Dejemos de prohibir. Comencemos a pensar, a debatir y decidir. 


Una lectura recomendada, para saber de qué se trata este juego, haciendo clic aquí. 
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