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Sociedad - 130. página

Tecnología y sociedad

La Fundación Garrahan entró en el Guiness

Por primera vez en la historia del Guiness World Records se logró marcar el récord mundial de mayor juntada de tapitas plásticas (gaseosa y agua mineral) para reciclar.

El sábado 3 de diciembre la Fundación Garrahan hizo historia con el récord de la mayor cantidad de juntada de tapitas plásticas. La cifra superó lo esperado: se juntaron 91 toneladas, que equivalen aproximadamente a 36 millones y medio de tapitas.

El Programa de Reciclado de la Fundación movilizó a todo el país. Desde todas las provincias llegaron camiones con tapitas, como así también los colaboradores voluntarios que representan a cada una de ellas. Durante el evento estuvo presente el representante de Guiness World Records para Latinoamérica, Ralph Hannah, que llegó a Buenos Aires para fiscalizar y certificar el récord. Cabe destacar que las 840.000.000 de tapitas ya reunidas desde fines de 2006 hasta el viernes 2 de diciembre de 2011, NO contaron para la marca.

“Existen varios records de reciclaje y existen varios records realizados para una buena causa, pero es el único en la historia de Guiness que combina las dos cosas. La verdad no ví algo así en los cuatro años que llevo trabajando con Guiness World Records”, expresó el juez Ralph Hannah.

“Lo más importante es que los verdaderos protagonistas de este récord mundial fueron todos los que participaron del evento y posibilitaron que los gestos de amor que están detrás de cada tapita queden registrados”, manifestó Patricia Gavilán, Coordinadora del Programa de Reciclado.

En esta gran fiesta solidaria nacional, la Fundación Garrahan convocó a todas las familias a participar de un sábado especial que contó con la presencia de Los Pericos, 100% Lucha, Catherine Fulop, Camilo García y Carla Conte. Además hubo shows en vivo (tango, folklore, circo, payasos, títeres, magos, bandas en vivo, entre otros) y actividades deportivas durante todo el día para los más pequeños.

Las tapitas que se juntaron el sábado se venderán y los recursos obtenidos se aplicarán en:

  • Equipamiento de una unidad móvil para el Servicio de Hemoterapia del Hospital Garrahan. Dicho móvil se trasladará a distintas instituciones, universidades, empresas, cuyos integrantes deseen ser donantes voluntarios de sangre para los pacientes de nuestro Hospital.
  • Remodelación de la entrada principal de la calle Pichincha donde ingresan al Hospital diariamente cerca de 1500 pacientes junto a sus familias, con el fin de ofrecerles un espacio físico adecuado a las necesidades sociales y emocionales.

Fuente: Gacetilla de prensa de a Fundación Garrahan

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SEO, o el peligro de la optimización de una sola vía

Preguntas. Me pregunto. Voy y vuelvo por un rato del lado emocional al racional en mi atribulada cabecita loca. Y me da por interrogarme, reflexionando sobre todo lo que veo, leo, escucho, estimo, entiendo, presiento, como si en ello me fuera la vida: ¿para que sirve internet?

Por supuesto que no es esta una pregunta que me quite el sueño o defina el rumbo de mi vida, pero dado que es este un blog sobre tecnología y educación, creo que me sirve usar este espacio para pensar e intentar un esbozo de respuesta a aquella pregunta.

En todo caso, y como para comenzar a dirigir un poco más coherentemente el hilo del pensamiento, la pregunta específica sería “¿para que sirve hoy internet?”. Y más aun, “¿para que servirá internet en el futuro?”

Lamento ser algo pesimista, pero creo firmemente que vamos rumbo a arruinarlo todo, una vez más.

El detonante de la baja en la cotización hoy de mi fe en los desarrollos tecnológicos de la humanidad tiene que ver con una breve nota en Microsiervos, acerca de Inframutt, o lo que ellos mismos llaman “el Google al revés”

Se trata de un proyecto de esos alocados que pululan por la red, que nunca arrancó pero que deja alguna marca por lo extraño o, como en este caso, lo particular de la idea con la cual fue concebido. En palabras del autor del artículo,

Esto ya ni siquiera funciona, pero lo intrigante es el concepto. Hace tiempo alguien pensó que podría ser toda una idea crear un Google al revés, en el que las páginas menos relevantes fueran las primeras. Esto además evitaría toda la basurilla «colocada artificialmente mediante posicionamiento» que ensucia ciertas búsquedas. Y así nació Inframutt, que por lo visto se quedó en alfa y nunca más se supo.

Esa idea de basura colocada artificialmente mediante posicionamiento, que en algunos casos podríamos adjuntar perfectamente a la definición de SEO (Search Engine Optimization, Optimizador de motores de búsqueda o posicionamiento web), me recordó inmediatamente la ponencia de Eli Pariser, director de MoveOn, en una de las conferencias TED. Pariser habló allí, en pocas palabras, sobre como la segmentación de la información para el usuario, basada en sus hábitos de uso de la red, termina aislándolo de lo global para permitirle recibir sólo lo que puede-quiere-debe saber.

La ecuación es sencilla: si mediante la SEO nos seleccionan lo que alguien decide que nos gusta ver/comprar, y los buscadores determinan lo que debemos leer/saber, ¿cómo encontraremos lo realmente válido, lo que nos sirva para otra cosa que no sea comprar -cosas, datos, mentiras y hasta revoluciones o guerras-, para hallar en la red lo que era su esencia, su razón de ser, esto es, la suma de todo el conocimiento de la humanidad?

Uno de los hitos en la historia de internet tiene que ver con que las empresas comenzaron a ver en los ’90 el filón de la publicidad en la red. Antes de Windows, antes de Tim Berners-Lee y la web, antes de los buscadores y antes de todo, los BBS no pagaban: se sabe que 999 palabras no llegan a valer lo que una imagen, así que se podía escribir mucho sin que un fastidioso banner o un correo spam molestara la vista pretendiendo vendernos algo. No valía la pena meterse en donde no se podía mostrar.

Aquella internet -o mejor dicho, su precursora ARPANet-, aburrida -el negro y verde o ambar de las aburridas pantallas tampoco pagan– tejió en pocos años el entramado de una red que desarrolló mucho de lo mejor y más lúcido en materia de comunicación de la historia de la humanidad.

Todo ese tejido soporta hoy, mayoritariamente, spam, pornografía, publicidad dirigida, análisis de información obtenida -por usar un término suave- sin nuestro permiso, ideologías impuestas, redes inocuas y otras delicias de nuestra distracción, con el único fin de decirnos qué pensar, que comprar, que creer, a quién querer y a quién odiar.

Esta es una optimización de una sola vía: se optimiza la forma de lograr que el usuario compre pero no la experiencia real y provechosa de navegación para su propio interés y beneficio.

No me gusta esta internet. No me gusta perder tiempo buscando lo que quiero porque tengo que buscarlo entre la basura que alguien decide que yo necesito. No me gusta cuando me hablan de optimización para vender más, como si fuera el único motivo por el cual existe este medio.

Comencé este post prometiendo un esbozo de respuesta a aquella pregunta de “¿para que sirve internet?”. Pero es evidente que por el momento, no hay una respuesta.

O tal vez esté en nuestras manos pero no sepamos que hacer con ella.

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Klout, o la invasión a la privacidad como excusa

Cuando eramos chicos, nuestros mayores siempre nos advertían sobre determinadas cuestiones de la vida o sobre la conveniencia o no a futuro de ciertas relaciones que se veían venir. Las consabidas frases “cuidado, que te vas a lastimar” de pequeñitos, o “Fulana -o Fulano- no me gusta, no es para vos” ya de grandes, son lugares comunes que todos recordamos con más o menos cariño y más o menos arrepentimiento. Lo que solíamos ver como una intromisión en nuestra vida era, la gran mayoría de las veces, un intento fundado en el aprecio, un esfuerzo por evitarnos el mal trago o el dolor a partir de la propia experiencia de vida del mayor que nos advertía.

A nivel social e histórico ha sucedido esto también en infinidad de ocasiones. Determinados hechos han tenido su previo llamado de atención que la mayoría, ya sea por cuestiones políticas, económicas o de otro tipo desoyeron en su momento, todos con consecuencias más o menos trágicas.

Como viviendo en un estado permanente de adolescencia tardía, en el plano de nuestra experiencia como usuarios en internet, me parece, estamos justamente recorriendo esta etapa de negación de las señales que van apareciendo; señales con forma de excusa, de aparente beneficio que algunos celebran y otros niegan, pero que todos estamos pagando en términos de invasión de nuestra privacidad, rumbo a un control de la información como nunca antes se ha visto.

Hablábamos ayer con Alejandro Tortolini sobre un artículo publicado en el New York Times, acerca de padres preocupados porque Klout crea en forma automática perfiles de sus hijos. Ante mi desconocimiento, Alejandro tuvo la amabilidad de explicarme que Klout es un servicio que mide la ‘influencia’ de las personas en las redes sociales. Empezó midiendo lo que un usuario hacía en Twitter -midiendo cantidad de seguidores, cantidad de ‘retuits’, etc- y después comenzó a agregar otras redes como LinkedIn y Facebook. Con esa información elabora el ‘indice Klout’, que nos dice que clase de protagonista somos en las redes sociales.

Como buen docente que es, me pasó el link de su propio perfil en Klout para que lo viera en funcionamiento, y para mi sorpresa descubro que, confirmando la denuncia de aquellos padres al periódico, Klout había creado automáticamente un perfil mio por el sólo hecho de tener un contacto de red asiduo con Alejandro y aparecer entre sus contactos. A su vez en mi perfil, creado a partir de mi actividad en Twitter, aparecen mis contactos más asiduos, y así hasta el infinito.

Todo un perfil creado con información tan parcial, recortada y subjetiva como puede ser la que se obtiene de mi participación en Twitter, y sin permiso.

Me temo que en esa mirada distraida, ingenua y rebelde de adolescente con que estamos viendo pasar estas cuestiones, no estamos advirtiendo que todas ellas están confluyendo hacia el mismo punto: la obtención de nuestra información personal. ¿Con qué fines? Eso está por verse, pero la historia de la humanidad no es alentadora en cuanto a sus buenos propósitos.

Somos gente grande con mirada de ‘a mi esto no me va a pasar’; adolescentes digitales que no nos damos cuenta de que la mercancía en intercambio en estas excusas de avanzada somos nosotros mismos.

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¿Qué tipo de internet queremos?

Como suele suceder con las conferencias TED, luego de escuchar al disertante las cosas tienen otra mirada, una que nos sacude lanzándonos a pensar en otro rumbo, otras posibilidades, otra comprensión.

Eli Pariser, director de MoveOn, un grupo estadounidense progresista y sin ánimo de lucro en defensa de las políticas sociales, es quién lanza el dasafío en este caso: la segmentación de la información para el usuario, basada en sus hábitos de uso de la red, termina aislándolo de lo global para permitirle recibir sólo lo que puede-quiere-debe saber.

Todo un desafío para los tiempos que corren, y un llamado a los que manejan los piolines de la red para que la información se sociabilice con un criterio ético. Y un llamado también a los usuarios, a pensar.

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Una escuela sin computadoras por decisión propia

Se trata de The Waldorf School ubicada en Los Altos, California, cuyas autoridades y docentes dejan de lado las computadoras para abocarse a otros intereses a partir de una decisión basada en lo pedagógico. Y lo particular del asunto es que, al encontrarse en el corazón de Silicon Valley, CEO’s, gurúes y empleados de la industria tecnológica envían a sus hijos allí, en total acuerdo con este tipo de educación.

La escuela está enrolada en la llamada “pedagogía Waldorf”, un método de enseñanza arraigado en la filosofía antroposófica que lleva casi 100 años de existencia, pero que acaba de generar una polémica luego de que un artículo en el periódico New York Times relevara esta reserva de la institución hacia el uso de la computadora en el aula.

Dos de los planteos con que justifican esta decisión son muy simples pero con profundas implicancias:

  • La resolución creativa de problemas se aprende de los seres humanos y no de las máquinas, y
  • Se debe invertir más en capacitar a los maestros que en obtener tecnología.

Empleados de Google, Apple, Yahoo y Hewlett-Packard envían a sus hijos a esta escuela, que afirma contar con un procentaje cercano al 94% en lo que se refiere al éxito de sus estudiantes en la educación superior.

Por supuesto que este artículo ha levantado polvareda, provocando la confrontación entre especialistas de posturas encontradas en cuanto a la inclusión de las nuevas tecnologías en el aula. Mientras tanto, gente que conoce el negocio desde adentro sigue enviando a sus hijos a este tipo de escuelas.

No parece haber una respuesta definitiva al respecto, pero qué importante es, creemos, que el tema se discuta sin imposiciones desde el estado.

Fuente: The New York Times

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