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Sociedad - 143. página

Tecnología y sociedad

Homenaje a las victimas de Cromañón

Familiares y sobrevivientes colocaron un mural de la memoria a metros del boliche que se incendió el 30 de diciembre de 2004 y que provocó la muerte de 194 personas.

La obra, denominada “Atrapados”, fue preparada por los trabajadores de la empresa recuperada Zanón.

Está ubicada en Bartolomé Mitre al 3000, en el barrio porteño de Once, donde ocurrió la tragedia.

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No sólo cuesta dinero

Salió publicada una nota en LaNacion.com sobre los pro y los contra del ingreso de Blackberry a la vida corporativa, de la cual sería interesante destacar un par de párrafos como para pensar esto de que a veces la tecnología no sólo cuesta dinero.

Primero, una breve explicación: ¿qué es Blackberry? Un equipo un poco más grande que un celular que también recibe el correo electrónico, además de permitir hablar por teléfono, guardar archivos y llevar la agenda al día.

¿Cuánto cuesta este servicio? Lo explica el artículo:

Una empresa que quiera dárselo a sus ejecutivos debe disponer de un servidor en forma exclusiva para este servicio; el costo depende de la capacidad, pero arranca en unos 5000 pesos.

Para 20 usuarios deberá pagar $ 20.000 por única vez por la licencia del sistema (lo que se conoce como BlackBerry Server Software, BES).

A eso hay que sumarle la compra del equipo -alrededor de $ 1300 en seis cuotas más IVA-, más un abono que depende de la operadora, pero que arranca en $ 150 sólo para transmisión de datos.

Para hablar, hay que sumarle otro abono, que oscila según la cantidad de minutos libres, pero que puede sumar otros $ 100. Las ofertas para los usuarios profesionales son un poco más accesibles: al costo del equipo hay que sumarle un abono de alrededor de $ 90 sólo para transmisión de datos. Para hablar, hay que pagar aparte.

Pero también hay algunos comentarios jugosos para destacar:

Comentario 1: “Hasta ahora, yo lo había evitado gracias a que el servicio no estaba disponible en la Argentina. Se gana productividad, pero pierde sentido el concepto de vida privada. Incluso muchos de mis colegas que estaban felices con el aparatito, ya se están replanteando su uso”

Comentario 2: “En los Estados Unidos se las llama ‘crackberry’, porque su uso causa adicción, como si fuera una droga, ya que todo el tiempo están entrando los mensajes (no hay que bajarlos, sino que ingresan directamente), y ¿quién se puede resistir a leerlos?”

Comentario 3: “Los gerentes de mi compañía me habían pedido los nuevos celulares con capacidad para bajarse el correo electrónico. Se los dimos y ahora se arrepintieron, quieren un aparato más simple; sólo para hablar por teléfono”

Estos comentarios pertenecen a gente de sistemas de empresas que adoptaron el Blackberry, y demuestran que los costos en pérdida de tiempo, intromisión y dependencia son tan caros, o más, que los costos en dinero.

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El mundial y la escuela

Hay algo notable en la discusión por el próximo mundial de fútbol, si dejamos o no ver a los chicos los partidos en la escuela. Lo notable es que sigamos discutiendo el uso de las nuevas tecnologías en el aula, cuando no podemos meter ni a la fuerza una tecnología de tremenda antigüedad y de tan grande inserción social.

Entre la prohibición, que demuestra que aun los más ilustrados han aprendido poco del pasado reciente, y la excusa -inexcusable- de meter contenidos a la fuerza, hay un vacío enorme que ningún puente pedagógico ha podido salvar.

Leía el análisis que hace el periodista Orlando Barone sobre el conflicto, en un artículo titulado “El totalitarísmo del fútbol y las escuelas”, y puede decirse que está claro cual es el eje de la cuestión. Dice, entre otras cosas:

“(…) Aquellas opuestas posiciones educativas no marcan sino distintas formas de enfrentar o de defenderse de la fuerza imparable de la marea futbolística. Y optar por uno u otro recurso no cambiará el objetivo estudiantil que –con o sin permiso institucional- tendrá como destino colectivo las vicisitudes de los partidos y de los resultados.

Poco importará a los alumnos tratar de entender la historia de Croacia, la etnia de un país africano, el arte milenario de un país asiático o la trama histórica y política de Alemania. No es necesario que el sistema educativo se autojustifique tratando de emprender una aventura vana. Ellos estarán pendientes de los goles, del triunfo o la derrota del seleccionado, y no de recibir clases alusivas bienintencionadas y poco realistas.

(…) En un caso -dejar que se mire el mundial por televisión en las aulas- se trata de una forma flexible y progresista; en el otro, se trata de mantener, sin concesiones, la tradición y la razón de ser de la enseñanza. (…) Lo que los educadores deben sopesar es que si la selección fuera eliminada prontamente, la triste carga sicológica de los alumnos no variará y será igual en cualquiera de ambas opciones. Tendrán que asumir el correspondiente duelo de una sociedad futbolera. Y no importa si vieron o no televisión en la escuela. Pero si Argentina ganara el campeonato del mundo ya no importarán ni la educación ni la escuela ni la Universidad, ni el parlamento ni el Gobierno ni nada: la Argentina estará cerrada una semana. Y el ministro Filmus y Jaim Echeverry también se habrán convertido en masa.

Brillante. Muy claro.

La discusión pasa por otro lado.

Ese vacío enorme del que hablábamos al principio tiene que ver con que la pedagogía de la excusa está impidiendo que alcancemos un acuerdo, una estrategia común, de la que la tecnología sea un aporte, un soporte para proyectos que interesen y formen a todos.

Hay cuestiones que la escuela no puede -y a veces no sé si quiere- manejar, porque la resistencia a las nuevas tecnologías fue históricamente casi un paradigma. ¿Cuanto tiempo tardó en aceptar el boligrafo? ¿Cuanto se está tardando en construir espacios que acomoden a todos, aun a los de diferentes capacidades? ¿Cuanto tiempo se va a tomar discutiendo sobre los celulares? ¿Cuando va a terminar de incorporar una tecnología como la de la televisión, próxima a cumplir 56 años?

Un proyecto que es un intento

Una esperanzadora aproximación -a nuestro humildísimo criterio- parece ser el proyecto de Mendoza, una de las seis provincias del país en las que el Mundial de Fútbol será incluido como un tema de análisis en la escuela, a modo de contenido transversal a los programas de todas las materias de tercer ciclo de EGB. Para ello, preveen utilizar el libro “La escuela, los medios y el Mundial de Fútbol Alemania 2006”, auspiciado por la Embajada de Alemania en Argentina, y que contiene 70 actividades que fueron elaboradas por los coordinadores del programa Escuela y Medios de las distintas provincias.

Ariel Barrios, titular de ese programa de la Dirección General de Escuelas de Mendoza, destacó que “el objetivo es que los alumnos conozcan, relacionen e interpreten el rol de los medios -el énfasis es mio-. Eso permitirá vincular los contenidos curriculares de la escuela a la realidad cotidiana y a los eventos sociales, deportivos, artísticos, políticos, económicos que vive toda la sociedad.” Y agregó que cada establecimiento tendrá libertad para utilizarlo antes o después de un partido.

Al menos es un esfuerzo de darle un sentido desde lo institucional.

Pero el problema central no es el televisor o la tecnología en general. El problema es que llamamos a las cosas por otro nombre que el que tienen. Los progresistas no quieren parecer conservadores hablando de orden y disciplina; los conservadores no quieren -¡Dios nos libre!- parecer progresistas hablando de albedrío. En el medio, los chicos haciendo lo que quieren, porque el sistema no los contiene; porque los adultos, sus modelos, están discutiendo en los bordes del problema.

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Esto es todo lo que tengo para decir sobre las discusiones

Esta vez, cansado de leer y escuchar discusiones vanas y estériles, me resguardo en palabras de Beatriz Sarlo:

“Cuando escribo, lo que busco es discusión colectiva.”

Sin lugar a dudas, para discutir hay que ser grande…

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Este es nuestro IBSN

Aquí está. Nos sumamos al proyecto y ‘pasamos la pelota’.

Para leer sobre el proyecto y registrar tu blog, entrá desde aquí a la página del IBSN. Tomo algunos párrafos de allí como para introducir el tema:

El IBSN (Internet Blog Serial Number / Número de Serie de Blogs de Internet) nace el 2 de febrero de 2006, como respuesta a la negativa de la administración española para otorgar un número de ISSN (International Standard Serial Number / Número Internacional Normalizado de Publicaciones Seriadas) a las bitácoras de Internet.

El IBSN consta de diez cifras, e identifica los blogs de Internet.

Actualmente hay 553 IBSN registrados.

Coincido con Mariano Amartino en que el proyecto es interesante si se logra estandarizarlo.

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Planetaria y panfletaria

Tal vez una de las caras más relevantes y fascinantes que mostrado la red en estos últimos tiempos, es la de ser el medio que más espontánea y velozmente ha respondido a cuestiones de alto impacto social.

Dos casos que están en la palestra en estos días son, el tema de las papeleras a nivel local, y la cuestión de las historietas danesas sobre el profeta Mahoma a nivel global. Por supuesto que no estamos comparando aquí ambos casos desde lo conceptual, porque no tienen ningún punto de contacto. Pero son dos ejemplos interesantes para plantear este aspecto que nos interesa tratar aquí: el de la difusión de confictos sociales a través de la red.

Sobre las historietas el sitio Zone-H.org, que hace un relevamiento de hackeos, informa que los ciberataques en protesta por lo que consideran una burla al profeta se han multiplicado contra sitios daneses.

La publicación de las ilustraciones conteniendo imágenes del profeta Mahoma desató en el mundo islámico una serie de ataques contra aproximadamente 600 de esos sitios, que sumados a ataques a sitios israelíes asi como orientales en general, suman cerca de mil.

Zone-H.org, que se define a si mismo como el observatorio independiente del cibercrimen, observó en los días recientes la actividad de las comunidades islámicas de hackers relacionadas con el asunto danés.

Se informa de ataques moderados, pero también dicen observar otros de tinte extremo, inclusive promoviendo un boicot contra los productos de aquel país. Zone-H.org publica además una larga lista de ejemplos de sitios hackeados. Incluso se menciona el caso de un cracker retirado de la actividad, que regresó para la ocasión escribiendo un mensaje al Primer Ministro dinamarqués.

Lo notable es que una vez más se utiliza el terreno digital para sostener campañas religiosas y también políticas, como lo es el caso de la campaña contra la instalación de las papeleras sobre el río Uruguay.

Si bien esta última no se esparce con la virulencia de la anterior ni utiliza sus discutibles métodos, también desata pasiones y entrecruza acusaciones, sospechas y opiniones, tanto a favor como en contra de la instalación de las mencionadas papeleras.

Hay sitios -muchos- hablando sobre el tema. Los hay que publican denuncias, como MultimediosPrisma.com. En Noalapapelera.com.ar, la Asamblea Ciudadana Ambiental de Gualeguaychú proclama su oposición e informa sobre el estado del reclamo, entre otros aspectos de interés.

Circulan además mails con opiniones y comentarios; hay una cantidad de foros donde cientos de personas discuten el tema (prueben sino entrar, por ejemplo “foros + papeleras” en Google), y se le echa mano a cuanta herramienta digital se tenga al alcance para decir lo que se piensa, lo se sabe o se cree, a la mayor cantidad de gente posible, sumando adeptos, convenciendo a descreídos y a veces, lo que es grave, amenazando al que no piensa igual.

Lo particular y novedoso es la amplisima difusión que estas complejas cuestiones alcanzan gracias a la red. Lo paradójico es que se parece mucho a una democracia, y es usada aun hasta por quienes no tienen visos democráticos en sus acciones o pensamientos.

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Todo el sistema es vulnerable

En un muy interesante y revelador análisis, el economista norteamericano Jeremy Rifkin plantea la inquietante pero real posibilidad de que toda la electrónica falle en su conjunto, y cuales serían sus nefastas consecuencias. A continuación transcribo la columna, que fué publicada en Clarín el último domingo.

Al mundo entero le preocupa la posibilidad de que Irán tenga armas nucleares. ¿Por qué? Lo que ahora saben nuestras autoridades políticas y estrategas militares —y la opinión pública ignora— es que una bomba nuclear desata una fuerza mucho más poderosa que la explosiva. Esa fuerza aumenta en capacidad destructiva en proporción directa a la extensión de la revolución de las comunicaciones globales.

En los últimos veinte años, los países industrializados del mundo integraron los avances en tecnología de chips, software y hardware de computación, y tecnología de telecomunicaciones para crear una compleja infraestructura electrónica para manejar los más mínimos detalles de la vida cotidiana.

¿Pero qué pasaría si todo chip de computadora, interruptor eléctrico y circuito que conecta y dirige nuestra economía se agotara de pronto en toda América del Norte o Europa, y todos al mismo tiempo? ¿Resulta imposible imaginarlo? Volvamos a 1962.

Los Estados Unidos hicieron explotar por primera vez una bomba nuclear en la atmósfera superior sobre el Océano Pacífico. Inesperadamente, los rayos gamma que provocó la explosión desencadenaron un impulso electromagnético que anuló luces, estaciones de radio, teléfonos y telecomunicaciones a más de 1.300 kilómetros de distancia, en Hawai.

Los funcionarios del Pentágono tomaron nota. El impulso electromagnético (EMP) se convirtió en algo temible en el ámbito militar, pero quedó relegado a la segunda línea de posibles amenazas que podrían enfrentar el país y el mundo.

Todo eso cambió luego de los atentados terroristas del 11 de septiembre contra el World Trace Center y el Pentágono. Los estrategas militares empezaron a preguntar qué pasaría si un régimen rebelde o un grupo de terroristas equiparan un misil Scud —algo que con toda facilidad puede comprarse en los mercados mundiales por unos cien mil dólares—, con un arma nuclear y lo hicieran detonar en la atmósfera superior sobre América del Norte o Europa. Los resultados serían catastróficos.

Un impulso electromagnético que llegara a la superficie de América del Norte o Europa a la velocidad de la luz podría destruir buena parte, o la totalidad, del equipo eléctrico, incluidos los transformadores gigantes que son la base de la red eléctrica. ¡Piénsenlo! Sin electricidad… la red eléctrica de todo un continente inutilizada. También quedarían arruinados los interruptores eléctricos que regulan el suministro de agua. Sin agua. Sin saneamiento. Los chips electrónicos y los circuitos de autos, ómnibus, camiones y trenes, también inutilizados. El tránsito se detendría de inmediato. Sin teléfonos, televisión ni radio… todo destruido. Los sistemas eléctricos que operan nuestros gasoductos y oleoductos. Sin combustible. Agotadas las computadoras, se detiene todo el flujo de información. Sólo hay alimentos para subsistir unas semanas. No hay forma de organizar una misión de rescate porque toda la maquinaria social está muerta.

¿Improbable? No lo es, según un informe detallado de una Comisión del Congreso de los Estados Unidos que evalúa la amenaza de un ataque con impulso electromagnético a los Estados Unidos. La comisión calificó el ataque de EMP “la amenaza del 11 de septiembre del futuro” y advirtió que, de desplomarse la red eléctrica, toda la infraestructura se caería. El resultado es que la sociedad podría retroceder cien años, hasta la era anterior a la electricidad.

Llevaría hasta dos años fabricar, enviar e instalar los grandes transformadores que constituyen la base de la red eléctrica… lo que supone dos años sin electricidad. ¡Inimaginable!

Hay que destacar que algunos especialistas, si bien coinciden en que un ataque con EMP sería catastrófico, consideran que no todo el equipo eléctrico quedaría destruido. Pero la verdad es que nadie lo sabe con certeza.

El punto es que el costado negativo de vivir en una civilización electrónica cada vez más compleja es que todo el sistema es más vulnerable a una completa devastación. Podríamos tratar de anticipar todas las amenazas posibles que plantea la creciente complejidad tecnológica de nuestra sociedad global. En eso residen las esperanzas de nuestras autoridades políticas. Ya se habla de acumular generadores de reserva, de hacer que el equipo sea más resistente, lo que también comprende el hardware militar, y de desplegar una defensa eficaz contra misiles balísticos ante la posibilidad de un ataque con EMP.

El problema es que, si bien la complejidad de la infraestructura de alta tecnología que creamos es visible, relativamente estable y cognoscible, las amenazas son en su mayor parte invisibles, inestables y tan variables como la imaginación de sus perpetradores. La única verdadera solución a la creciente complejización de la sociedad, producto de los avances tecnológicos, no es de naturaleza técnica sino psicológica y social.

Tenemos que empezar a analizar seriamente cómo modificar de manera radical el grado de conciencia de las personas para que el género humano pueda aprender a vivir en un planeta compartido. Eso exige visión, esperanza, empatía y paciencia, algo que parece estar agotándose en la humanidad.

Fuente: Clarin.com.ar

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