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cultura - 76. página

Diversidad

El problema es que los grandes consorcios que dominan en la esfera de las industrias culturales crean su propia versión de la diversidad cultural, que incluye a ciertos artistas del tercer mundo, por ejemplo en la World Music, pero que no son un reflejo fiel de la verdadera diversidad que existe en el mundo.

George Yúdice, investigador y uno de los principales teóricos mundiales sobre la industria cultural

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Sobre los comentarios al post “El aula, en cualquier momento y…”

Mi agradecimiento a todos los docentes y profesionales de diversas áreas que, ya sea comentando en el post o vía email, me hicieron llegar sus opiniones, perspectivas y experiencias al respecto.

Agradezco también a Diego Levis, Doctor en Ciencias de la Comunicación, docente y autor de numerosos artículos y libros acerca de los usos sociales de las tecnologías de la información y la comunicación. El Dr. Levis a tenido la amabilidad de leer y comentar en el post, y recomendar su lectura desde su blog “Tecnolecturas contemporáneas”, del que me he vuelto lector asiduo.

Compartir miradas tan parecidas en un tema complejo es un aliento para seguir profundizando y avanzando en esto de recuperar el asombro -como dijera una colega en su comentario-, apostando a la creatividad y al cambio.

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Para padres nostalgiosos…

Aquí, dos modelos para pegar en cartulina y armar. Tener hijos pequeños sería la excusa perfecta (a pesar del seguro “Pá, ¿qué es eso?”), pero sino, adelante valientes. A armar se ha dicho.

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Dos comentarios:

1) Para agrandarlos, hacer clic sobre la imagen.
2) No recuerdo de donde los saqué, así que si alguien los conoce y sabe de donde son originalmente por favor, avise.

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Por qué el Negro nunca se fue de Rosario

NegroAlguna vez el Negro Fontanarrosa escribió esto; disculpas por no citar la fuente pero no recuerdo de donde lo saqué (si alguien lo sabe, avise por favor). Pero es una genialidad que merece la pena ser recordada en este dolor.


Somos creativos, a falta de paisaje Rosario tiene lindas minas y buen fútbol. ¿Qué más puede pretender un intelectual?. Esa es mi respuesta cada vez que me preguntan por qué vivo en Rosario. Hecho que, por otra parte, no es demasiado curioso. Un millón doscientas mil personas han tomado la misma determinación.

Lo de las mujeres, señores, es destacable. Más de una vez pensé, y hasta lo propuse, que si había que hacer una campaña publicitando Rosario como destino turístico, a falta de mar, picos nevados o juegos de azar, teníamos que hacer hincapié en lo de las mujeres. Considerando, además, que ya pasó aquel momento brillante de la ciudad, cuando se proclamaba Capital Mundial de la Prostitución y miles de turistas llegaban a la Chicago Argentina en busca del luminoso barrio de Pichincha. Momento que, por lógicas razones cronológicas, no pude vivir, lo que me recuerda aquella frase de Woody Allen: “Yo me perdí la Revolución Sexual por dos meses”.

Admito que nunca encontré una frase impactante para mi propuesta publicitaria. La fellinesca “Rosario, la ciudad de las mujeres” suena un tanto obvia y sin gracia. “Rosario, Capital Nacional de la Potra”, rotunda y aceptada rápidamente por la vulgaridad de mis amigos, era sin duda burda y bastante peyorativa hacia el género femenino. Buscar algo en torno a “loba”, nos hubiera emparentado demasiado con Roma. La idea quedó en la nada.

Este impulso mío de resaltar la belleza de las mujeres locales se contrapone, paradójicamente, con una inquietante y reveladora teoría que estoy por lanzar en breve mediante mi ensayo Somos todos feos. Sostengo allí, valientemente, que el 90% de los seres humanos nos dividimos, estéticamente, entre normales, feos y horribles. Solo hay, lo lamento, un 10% de bellos, que son aquellos a los que se les paga por su condición de hermosos, aparecen en las tapas de las revistas, desfilan en las pasarelas y brindan sus nombres a perfumes costosos. No se les exige decir frases ingeniosas, pensar o emitir opiniones profundas. Sólo se les reclama que sean lindos. Cuando se generaliza diciendo “La mujer brasileña es bellísima” o “El hombre argentino es muy buen mozo”, se habla, duro es admitirlo, de un 5% de nuestros habitantes.

Pero toda teoría tiene su excepción, mis amigos. Y debo aceptar que la mujer rosarina (como la de Cali, Colombia) está muy pero muy buena. Rebuena, dirían los chicos. Y aquí también arriesgo un par de explicaciones a tal fenómeno natural. Primero: la soja. Esta leguminosa (hoy por hoy alimento estrella a nivel mundial) es la base nutricia de la mujer rosarina, la que la hace más sólida, más maciza, más protuberante y más sabia. Segundo: la pendiente de la ciudad hacia la costa. Desde la época de las lavanderas, nuestras señoras han debido bajar hacia el río, descender hacia el Paraná por calles empinadas como Laprida o Rioja, lo que las obliga a echarse hacia atrás buscando el equilibrio, comprimiendo los glúteos, tensando los músculos del estómago y sacando pecho, para sostener, además, el canasto de ropa sobre sus cabezas. Los resultados están a la vista, mis amigos, aunque no todos al alcance de la mano.

Usted no puede darse vuelta a mirar a una señora en la peatonal Córdoba porque se pierde. Se pierde la que viene de frente. La exaltación de las mujeres, asimismo, se entronca en el recurso rosarino de defender la ciudad rescatando el paisaje humano ante la moderada oferta de atractivos geográficos mayores. Seamos realistas, el Paraná boca arriba (como poetizó Pedroni) es enorme, pero no es el mar y alrededor no tenemos ni siquiera mansas serranías, como Córdoba.

Entonces, cada vez que el rosarino habla de Rosario, menciona nombres y apellidos: el Che Guevara, Olmedo, Fito Paéz, Baglietto, el Gato Barbieri, etc. etc. etc. Por ahí va la cosa. Más que nada por el lado de la Cultura. Y sobre la cultura rosarina siempre hay una mirada curiosa, desde otras latitudes. “¿Por qué en Rosario se produce un movimiento cultural tan grande?”, suelen preguntarme periodistas porteños, por ejemplo, que llegan a Rosario y no encuentran lugar en los hoteles, copados por un miniturismo atraído por la oferta de teatro y espectáculos musicales, cuando no congresos o simposios. “Porque en Rosario no hay otra cosa para hacer” contesto yo, medio en serio, medio en broma. Lo que no es absolutamente cierto, pero que algún viso de realidad tiene. Las ciudades turísticas no se caracterizan por generar cultura. En Bariloche, digamos, la gente tiene puesta su energía en alquilar esquís, elaborar chocolate, ahumar ciervos y ofrecer perros San Bernardo con los cuales sacarse fotos. En Mar del Plata la energía recaerá en ofrecer barcas para pescar tiburones, organizar un Bikini-Open, fritar cornalitos y vender choclos en Punta Mogotes. Siempre me pregunto “¿Cuántos escritores dio Las Vegas?”.

Debe darse, además, en ciudades como Rosario, un condimento de contagio. “Si de acá salió Fito -se preguntará algún pibe, como el mío, que toca el bajo- y salió Baglietto y salió Litto Nebbia.¿Por qué no puedo salir yo?”. Los proyectos artísticos no suenan, entonces, tan descabellados. Como nadie se asombra en Rosario si un pibe apunta para futbolista profesional. Todos conocemos varios, hijos de amigos, sobrinos o conocidos que ha aparecido en las inferiores de Ñuls, Central o Renato Cessarini.

En definitiva, Rosario es como una Buenos Aires más chica, afortunadamente más chica y con muchos menos habitantes. Soy, lo confieso, uno de los tantos rosarinos que anhelan, egoístamente, que no seamos millones. Nadie ha podido explicarme cual es la ventaja de ser muchísimos, dónde radica el beneficio de ser como San Pablo, o ciudad de México, exagerando. Rosario es una ciudad de inmigrantes, marcadamente italiana, más tanguera que folclórica, más comerciante que colonial, que busca un perfil identificatorio a través de lo que hace y produce, Pero claro, nuestra proximidad con Buenos Aires a veces nos mimetiza con ella.

Hablamos como los porteños, el tango nombra a San Juan y Boedo antiguo y todo el cielo pero ignora el mnumento a la Bandera, no tenemos un cantito como cordobeses, tucumanos o santiagueños y todo esto, en ocasiones, nos acompleja, nos hace pensar que no somos diferentes ni reconocibles o que nos falta una personalidad clara y avasalladora. En verdad, nunca me desveló ese tema. “El estilo es la insistencia” dijo alguien. Y es ocioso sentarse a esperar un estilo. Poco habría producido yo si, antes de empezar a dibujar, hubiese pretendido definir mi estilo. El estilo aparecerá con el correr del lápiz. A mi juicio la identidad, como el movimiento, se demuestra andando. Con una buena cuota de creatividad. Rosario es una ciudad de creativos, mis amigos. Por algo Belgrano, para crear la bandera, eligió Rosario.

Roberto Fontanarrosa


 

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Resuelven el cubo de Rubik en 26 movimientos

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Aunque yo lo revoleo por el aire mucho antes de los 27 movimientos, reconozco que hay gente que tiene habilidad en este juego devenido en ciencia. Por eso me pareció interesante levantar esta nota de “Noticias de la ciencia y la tecnología“. Dice así:

Es un juguete con el que la mayoría de los niños ha jugado alguna vez, pero los resultados de Gene Cooperman, profesor de Ciencias Informáticas de la Universidad del Nordeste, y su colaborador Dan Kunkle, no son la obra de un niño. Los dos han demostrado que bastan 26 movimientos para resolver cualquier configuración de un cubo de Rubik, un nuevo récord. Históricamente el mejor resultado demostrado contemplaba 27 movimientos.

Cooperman y Kunkle pudieron lograr este nuevo récord a través de dos técnicas primarias: utilizaron 7 terabytes de disco distribuido como una extensión de la memoria RAM, para poder albergar algunas grandes tablas y desarrollar una nueva y ultraveloz forma de computar los movimientos, e incluso grupos completos de movimientos, empleando la teoría matemática de los grupos.

Cooperman y Kunkle pusieron todas las configuraciones del cubo de Rubik en una familia de juegos de configuraciones. Luego buscaron el resultado de aplicar un solo movimiento a todas las configuraciones de una familia de juegos de configuraciones a la vez. Simularon esto en un ordenador a una velocidad de 100 millones de veces por segundo, usando una nueva técnica en la teoría matemática de los grupos. En mayo del año 1997, Richard Korf, profesor de ciencias de la computación en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), anunció que había encontrado las primeras soluciones óptimas al Cubo de Rubik. Su investigación demostró que la solución óptima media era de 18 movimientos y creyó que cualquier cubo podría resolverse en no más de 20 movimientos. Sin embargo fue incapaz de demostrar esto y nadie había podido demostrar nunca que podría resolverse en menos de 27 movimientos.

El programa primero hace un gran precómputo, y luego, con gran rapidez, en aproximadamente un segundo, encuentra una solución en 26 movimientos o menos para cualquier estado del cubo de Rubik. Cooperman y Kunkle utilizaron las computadoras de Teragrid (teragrid.org) y de la Universidad del Nordeste.

El Cubo de Rubik, inventado a finales de la década de 1970 por el húngaro Erno Rubik, es quizás el más famoso de los puzzles combinatorios de su tiempo. La publicidad en su embalaje habla de miles de millones de combinaciones, lo que realmente es una subestimación. Hay de hecho, más de 43 trillones (millones de millones de millones) de estados diferentes que pueden alcanzarse desde cualquier configuración dada.

Fuente: Noticias de la ciencia y la tecnología

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Sobre el estado de la escuela media, y más

t051dh03Hoy publica Clarín una entrevista a Guillermina Tiramonti, directora de FLACSO Argentina. Se exponen en ella algunas de las causas y efectos del estado actual de la escuela media y, ante semejante diagnóstico, algunas soluciones posibles. Aquí transcribimos párrafos de la entrevista de Liliana Moreno, que recomendamos leer completa. Dice la especialista:

“—Tenemos el mismo modelo escolar que a principios del siglo XX y le hacemos exigencias para las que no fue creado. Por un lado, hay un cambio cultural muy fuerte que exige que la escuela ‘dialogue’ con otros lenguajes y se descentre de ese lugar exclusivo de la cultura letrada. Por otro, le demandamos universalización —con lo que estoy de acuerdo—, pero a una institución que se creó para seleccionar sólo a un grupo de la población. Y a esta demanda de inclusión de nuevos grupos sociales —porque la tendencia es al crecimiento y a la ampliación de la matrícula— la escuela da respuesta fragmentando el sistema. Es decir, generando circuitos diferenciados para grupos sociales diferentes.

—¿Ghetos?

—Ghetos. Grupos de escuelas que se parecen entre sí y a las familias que atienden pero que se diferencian, a veces radicalmente, de otros grupos de escuelas que atienden a otros chicos de otros sectores sociales. Un ejemplo claro son las llamadas escuelas garaje que tienen la finalidad de contener a los chicos que están en una situación social de riesgo pero que están imposibilitadas de generar una propuesta pedagógica que los incorpore al saber contemporáneo.

—¿Cómo impactan estas fronteras en los chicos?

—Un buen ejemplo es el de la construcción del otro desde el famoso valor de la solidaridad. Todas las escuelas de clase media hacia arriba tienen programas de solidaridad social, que en realidad son programas de asistencia, donde los chicos construyen a los otros más pobres como sujetos de asistencia y a ellos como sujetos de la dádiva. Si uno piensa en una sociedad democrática aquí hay una ruptura fundamental. La idea de la democracia está basada en el principio de igualdad y, por lo tanto, la solidaridad es entre iguales no entre asimétricos. Entonces, uno de los problemas del gheto es que los otros son extraños: en las escuelas de los countries, por ejemplo, los que están afuera son una amenaza a la seguridad.

—La vieja escuela pública, en cambio, permitía cierto diálogo entre sectores sociales.

—Por lo menos de las clases medias. Siempre hubo escuelas para la elite y para los sectores más bajos. Pero ha habido un espectro de escuelas muy amplio que atendía a sectores bajos integrados y a todas las dimensiones de la clase media. Esto generaba cierta garantía de cohesión social. Y esa escuela desapareció.

—En este contexto ¿Cómo encaja la propuesta de la nueva Ley de Educación Nacional de universalizar la escuela media?

—Lo ideal es pensar en una nueva secundaria. Porque para universalizarla hay que transformarla. Para no degradarla más. Para recuperarla y hacer de ella una institución que retome la heterogeneidad social e incorpore a los chicos a un efectivo diálogo con la cultura contemporánea.

—Habló del desfazaje de la escuela actual frente a los cambios culturales ¿Cómo se manifiesta?

—Insistiendo en un modelo pedagógico basado en la lectoescritura. No quiero decir que haya que abandonarlo pero hay que pensar en una escuela media con mayor diálogo con todas las manifestaciones culturales del contexto: con las imágenes, con Internet, con las nuevas formas de habitar el mundo que tienen los jóvenes, que en muchos puntos nos es extraño. Hay un discurso que dice que los docentes perdieron la voluntad de enseñar y de transmitir. Y es posible que haya algo de esto, pero creo que tiene más peso el hecho de que el docente no está familiarizado con la nueva cultura entonces duda de lo que transmite, encuentra que pisa en falso con respecto a la cultura de los chicos. Hay que retornar la confianza del docente transformándolo en un interlocutor válido de la cultura contemporánea.

—¿Hay señales de que se avanza en el buen camino?

—Hay una búsqueda de construcción de una nueva cultura pedagógica para estas nuevas exigencias. Pero tenemos que participar de esta búsqueda y me parece que no se está participando, que se está insistiendo en la inclusión sin dar otras respuestas.”

Fuente (Texto y foto): Clarin.com

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El mundial y la escuela

Hay algo notable en la discusión por el próximo mundial de fútbol, si dejamos o no ver a los chicos los partidos en la escuela. Lo notable es que sigamos discutiendo el uso de las nuevas tecnologías en el aula, cuando no podemos meter ni a la fuerza una tecnología de tremenda antigüedad y de tan grande inserción social.

Entre la prohibición, que demuestra que aun los más ilustrados han aprendido poco del pasado reciente, y la excusa -inexcusable- de meter contenidos a la fuerza, hay un vacío enorme que ningún puente pedagógico ha podido salvar.

Leía el análisis que hace el periodista Orlando Barone sobre el conflicto, en un artículo titulado “El totalitarísmo del fútbol y las escuelas”, y puede decirse que está claro cual es el eje de la cuestión. Dice, entre otras cosas:

“(…) Aquellas opuestas posiciones educativas no marcan sino distintas formas de enfrentar o de defenderse de la fuerza imparable de la marea futbolística. Y optar por uno u otro recurso no cambiará el objetivo estudiantil que –con o sin permiso institucional- tendrá como destino colectivo las vicisitudes de los partidos y de los resultados.

Poco importará a los alumnos tratar de entender la historia de Croacia, la etnia de un país africano, el arte milenario de un país asiático o la trama histórica y política de Alemania. No es necesario que el sistema educativo se autojustifique tratando de emprender una aventura vana. Ellos estarán pendientes de los goles, del triunfo o la derrota del seleccionado, y no de recibir clases alusivas bienintencionadas y poco realistas.

(…) En un caso -dejar que se mire el mundial por televisión en las aulas- se trata de una forma flexible y progresista; en el otro, se trata de mantener, sin concesiones, la tradición y la razón de ser de la enseñanza. (…) Lo que los educadores deben sopesar es que si la selección fuera eliminada prontamente, la triste carga sicológica de los alumnos no variará y será igual en cualquiera de ambas opciones. Tendrán que asumir el correspondiente duelo de una sociedad futbolera. Y no importa si vieron o no televisión en la escuela. Pero si Argentina ganara el campeonato del mundo ya no importarán ni la educación ni la escuela ni la Universidad, ni el parlamento ni el Gobierno ni nada: la Argentina estará cerrada una semana. Y el ministro Filmus y Jaim Echeverry también se habrán convertido en masa.

Brillante. Muy claro.

La discusión pasa por otro lado.

Ese vacío enorme del que hablábamos al principio tiene que ver con que la pedagogía de la excusa está impidiendo que alcancemos un acuerdo, una estrategia común, de la que la tecnología sea un aporte, un soporte para proyectos que interesen y formen a todos.

Hay cuestiones que la escuela no puede -y a veces no sé si quiere- manejar, porque la resistencia a las nuevas tecnologías fue históricamente casi un paradigma. ¿Cuanto tiempo tardó en aceptar el boligrafo? ¿Cuanto se está tardando en construir espacios que acomoden a todos, aun a los de diferentes capacidades? ¿Cuanto tiempo se va a tomar discutiendo sobre los celulares? ¿Cuando va a terminar de incorporar una tecnología como la de la televisión, próxima a cumplir 56 años?

Un proyecto que es un intento

Una esperanzadora aproximación -a nuestro humildísimo criterio- parece ser el proyecto de Mendoza, una de las seis provincias del país en las que el Mundial de Fútbol será incluido como un tema de análisis en la escuela, a modo de contenido transversal a los programas de todas las materias de tercer ciclo de EGB. Para ello, preveen utilizar el libro “La escuela, los medios y el Mundial de Fútbol Alemania 2006”, auspiciado por la Embajada de Alemania en Argentina, y que contiene 70 actividades que fueron elaboradas por los coordinadores del programa Escuela y Medios de las distintas provincias.

Ariel Barrios, titular de ese programa de la Dirección General de Escuelas de Mendoza, destacó que “el objetivo es que los alumnos conozcan, relacionen e interpreten el rol de los medios -el énfasis es mio-. Eso permitirá vincular los contenidos curriculares de la escuela a la realidad cotidiana y a los eventos sociales, deportivos, artísticos, políticos, económicos que vive toda la sociedad.” Y agregó que cada establecimiento tendrá libertad para utilizarlo antes o después de un partido.

Al menos es un esfuerzo de darle un sentido desde lo institucional.

Pero el problema central no es el televisor o la tecnología en general. El problema es que llamamos a las cosas por otro nombre que el que tienen. Los progresistas no quieren parecer conservadores hablando de orden y disciplina; los conservadores no quieren -¡Dios nos libre!- parecer progresistas hablando de albedrío. En el medio, los chicos haciendo lo que quieren, porque el sistema no los contiene; porque los adultos, sus modelos, están discutiendo en los bordes del problema.

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