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La innovación no es como la pintan

¿Y si para mejorar las habilidades de lectoescritura debemos volver a las lecturas diarias en el aula, a la medición de velocidades lectoras y a un aumento de las pruebas de comprensión lectora? ¿Por qué en lugar de buscar una app que nos solucione el problema no volvemos a lo que les funcionaba a muchos maestros? No es moderno decir lo anterior pero… a pintar uno disfruta y aprende más pringándose con témperas que haciendo diseños con el iPad. Bueno, eso hasta que les introducimos de forma subrepticiamente la necesidad de estar pegados a una pantalla. ¿Es malo usar pantallas para el aprendizaje? Claro que no. El problema es dotarlas de una falsa necesidad y ver si realmente no estamos perdiendo el tiempo haciendo ciertas cosas que, al final, pueden hacerse a mano de manera mucho más sencilla. La innovación de los pequeños detalles. La innovación como respuesta a un mal concepto de innovación que nos llevan vendiendo demasiado tiempo.
Jordi Martí, en ‘¿Y si lo más innovador en educación fuera no innovar?’

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La sobreexposición del menor a las redes sociales podría considerarse desprotección paterna

Tratando la cuestión de la privacidad y seguridad en internet, en nuestras charlas y talleres con docentes, padres y aun con los propios chicos, el tema de la publicación de las fotos de menores es uno recurrente.

Por nuestra parte, una constante es brindar una serie de consejos y recomendaciones al respecto -algunos de ellos se pueden leer siguiendo este vínculo, pero siempre insistimos en la oportunidad y pertinencia de ello: ¿hace falta publicar esa foto? ¿no compromete de algún modo al niño y su familia?

Pero hay una más importante, que raras veces surge y que es justamente el motivo de esta entrada: ¿está de acuerdo el niño con que la foto sea publicada? Usted pensará, lógicamente, que con bebés y niños pequeños esta última pregunta no aplica, pero sin dudas es una que los padres mismos deberían hacerse: “¿qué consecuencias puede tener la publicación de esa foto en el futuro de mi bebé?”

En un artículo publicado en el medio online LaVanguardia.com, titulado “El motivo por el que no debes subir fotos de tus hijos a las redes no es el que crees”,  la psicóloga infantil Silvia Álava considera esta cuestión de un modo que no deja lugar a dudas, afirmando que “la vida privada del niño es del niño, no de sus padres”. Muy claro: los padres deberían considerar el resguardo tanto de la seguridad como de la privacidad de sus niños al momento de publicar una foto, asumiendo en todo momento que es un derecho del propio niño que los padres deberían respetar. Después de todo, esa foto que alegremente publican hoy podría afectar de algún modo el futuro de ese niño, porque internet no olvida. Esas fotos estarán allí por siempre, aun después de borrarlas.

Si tenemos en cuenta la antigüedad de las redes sociales digitales y otras plataformas de publicación de contenidos -Facebook cumple catorce años; Twitter, once; You Tube, trece, por nombrar las más populares-  el niño que aparece en aquella foto en los inicios de Facebook ahora es un adolescente o joven siguiendo una carrera o iniciándose en su primer trabajo. Pensando en esto, ya no parecen tan graciosas aquellas fotos de sus travesuras, de su llanto o del torpe movimiento de sus primeros pasos.

Hoy en día, el crecimiento abrumador de la cantidad de usuarios de las redes sociales ha multiplicado exponencialmente las posibilidades de acceso a los videos e imágenes de menores que, seguramente sin ninguna mala intención, un padre pudiera haber compartido sin considerar que estaba vulnerando su derecho a la intimidad.

Pero una realidad es que los jóvenes son cada vez más conscientes de los derechos que tienen, y el derecho a la privacidad no es la excepción. “Hay que pensar si al niño le gustará aparecer vestido de indio en las redes sociales”, afirma el presidente de la sección de infancia y adolescencia del Col·legi D’Advocacia de Barcelona, España, Javier Puigdollers, citado en el artículo mencionado más arriba.

La situación llega a extremos impensados, le aseguro.

Algunos ejemplos referidos en el artículo de LaVanguardia.com:  una joven austriaca de 18 años, en 2016 demandó a sus padres por compartir más de 500 fotos suyas en Facebook sin su consentimiento. Un niño de 13 años canadiense, interpuso una querella contra sus progenitores por colgar fotos que, dice, “arruinan su reputación”. Son casos extremos, claro, y seguramente tienen un trasfondo mucho más complejo del que podríamos analizar en este espacio, pero son sin dudas una señal de que algo estamos haciendo mal. 

Algunos países están tomando nota de esto: en Francia, el Estado puede sancionar a los padres que compartan fotos de sus hijos en las redes sociales con multas de hasta 45.000 euros o un año de prisión.

Pero más allá de las cuestiones legales, consideramos que se trata, al decir de Fernando Peirone, de un fenómeno social antes que tecnológico, y que debe abordarse educando en el uso de estos sistemas y sus riesgos.  Y sobre todo, debe  primar el sentido común: qué, cómo y cuándo publicar son decisiones que deben ser tomadas en base a la privacidad del niño y lo que se muestra. Usted seguramente está muy orgulloso de los logros y travesuras de su hijo, pero recuerde que él no es usted: tiene sus propios derechos, el derecho a la privacidad incluido.


Fuente: LaVanguardia.com
Foto: 2x4therapist.com

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La escuela es un lugar desagradable

Vivimos en una sociedad donde predomina el interés privado, el dinero, el mercado, el consumismo y el miedo frente al interés público, la responsabilidad compartida, los valores y las instituciones democráticas. Esto acaba con la comunidad, la justicia, la igualdad y el bien común y, por el camino, elimina la educación entendida como un bien público y la pedagogía como práctica empoderadora. (…) La pedagogía, tal y como está planteada en muchas escuelas actuales, ataca en vez de educar y no logra que los alumnos se reconozcan en lo que hacen. La multitud de pruebas y exámenes, modelos de aprendizaje que apagan la chispa crítica y crean espacios sin ningún tipo de imaginación, los sistemas de organización represivos y basados en el castigo, la memorización y el conformismo crean un ambiente donde los alumnos comprenden rápidamente que la escuela es un lugar desagradable y que no existe nada parecido a la satisfacción de aprender.
Henry Giroux, profesor y estudioso estadounidense, pionero en el campo de la pedagogía crítica, en aulaPlaneta.

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Acerca de la evaluación

Sólo las máquinas bien construidas, podemos pensar, no comenten errores. ¿Por qué, entonces, penalizar siempre el error en contextos de aprendizaje? Sólo corre el riesgo de perderse quien se mueve por iniciativa propia; y sólo corre el riesgo de cometer errores quien se atreve a pensar por cabeza propia y a tomar decisiones ante situaciones nuevas, no conocidas. Sólo en la ortodoxia conductista, como advierte Allal (1980), se descarta el aprendizaje sin error. Pero al mismo tiempo, prescinde de los procedimientos de la evaluación formativa que atienda a las dificultades de aprendizaje del alumno. ¿Por qué penalizar sistemáticamente el error, antes incluso de averiguar las causas que lo provocan?
Juan Manuel Álvarez Méndez en “Evaluar para aprender: los buenos usos de la evaluación”, citado por Débora Kozak en “¿Es necesario tomar exámenes para evaluar?”

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Transformad esas antiguas aulas

Transformad esas antiguas aulas, suprimid el estrado y la cátedra del maestro, barrera de hielo que lo aísla y hace imposible toda intimidad con el discípulo; suprimid el banco, la grada, el anfiteatro, símbolos perdurables de la uniformidad y del tedio. Romped esas enormes masas de alumnos; por necesidad constreñidas a oír pasivamente una lección, o alternar en un interrogatorio de memoria, cuando no a presenciar desde distancias increíbles ejercicos y manipulaciones de que apenas logran darse cuenta. Sustituid en torno del profesor, a todos esos elementos clásicos, un círculo poco numeroso de escolares activos, que piensan, que hablan, que discuten, que se mueven, que están vivos […] Y entonces la cátedra es un taller, y el maestro, un guía en el trabajo; los discípulos, una familia; el vínculo exterior se convierte en ético e interno; la pequeña sociedad y la grande respiran un mismo ambiente; la vida circula por todas partes y la enseñanza gana en fecundidad, en solidez, en atractivo, lo que pierde en pompa y en gallardas libreas.
Francisco Giner de los Ríos, pedagogo, filósofo y ensayista español, en un discurso pronunciado en 1880

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Hablamos sobre privacidad en las VI Jornadas “Olga Cossettini”

Invitado por la Prof. Maria Fernanda Foresi, rectora del IES N° 28 “Olga Cossettini”, tuve el gusto de coordinar el taller “Internet no olvida. Construyendo nuestra identidad como ciudadanos en la cultura digital de forma segura”, con la participación de estudiantes del profesorado de esa casa de estudios y docentes participantes de las “VI Jornadas Olga Cossettini”, el pasado 14 de setiembre.

El taller tuvo tres partes. En la primera, y en el marco del rol docente como mediador, hablamos sobre la dinámica del aprendizaje intermediado por las nuevas tecnologías y sus ventajas. En la segunda, abordamos la problemática de la construcción de una identidad digital y los riesgos a la privacidad, para una utilización crítica y segura del medio digital. En la tercera parte llevamos a cabo la experiencia de taller, con el tratamiento en forma grupal de cuatro casos propuestos para el debate a fin de reflexionar sobre algunas alternativas de resolución. 

La actividad fue seguida con atención y entusiasmo por los participantes, concluyendo en un debate de gran provecho como cierre de una jornada extraordinaria.

Agradezco a los colegas participantes y a las autoridades de la institución por abrir este espacio para el tratamiento de una problemática con una importante presencia en nuestras instituciones. Y por supuesto, un gracias enorme a todos por las atenciones recibidas. 


Más información sobre las VI Jornadas “Olga Cossettini” en jornadascossettini.ml/

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Una educación que proteja la vida

Da la impresión que solo los educadores sostienen una idea de mundo y una idea de vida que, por otra parte, el resto no sostiene o ha abandonado, o solo exige a las escuelas que hagan un poco cumplir para llegar a un mundo mejor, más justo, más equitativo. Y en ese sentido noto mucha más soledad que en otras épocas; y es que, si esto no lo hacen los educadores, no quedará nadie para hacerlo. (…) Entonces veo últimamente como que toda la política educativa se encamina a una imagen cerrada de que ir al mundo significaría ir a conseguir un empleo. (…) Creo defender una idea de educación que proteja más la vida a tener que adecuar la vida al mundo tal como se nos presenta hoy.
Carlos Skliar, investigador

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Militante

Los educadores progresistas precisan convencerse de que no son meros docentes -eso no existe-, puros especialistas de la docencia. Nosotros somos militantes políticos porque somos maestros y maestras. Nuestra tarea no se agota en la enseñanza de la matemática, de la geografía, de la sintaxis o de la historia. Además de la seriedad y la competencia con que debemos enseñar esos contenidos, nuestra tarea exige nuestro compromiso y nuestra actitud en favor de la superación de las injusticias sociales.
Paulo Freire, pedagogo, en “Cartas a quien pretende enseñar”.

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Una florero para vestir de cientifismo a la educación

Mal andamos los neurocientíficos si lo que trasladamos al mundo de la educación es algo de lo que los educadores pueden prescindir sin perder apenas capacidades. Sería lamentable que la neurociencia se convirtiera, como lo fue la psicología en su día, en una especie de florero para vestir de cientifismo los procedimientos pedagógicos actuales, muchos de ellos fundamentados en una fenomenal tradición secular. Vivimos en un país y en un sistema educativo donde ni todo el mundo lo hace mal ni todo el que lo hace mal lo hace mal siempre. Tenemos muy buenos profesionales, pero lo triste es que estemos llenando de “neuros” todos los campos del conocimiento, con el peligro de crear una burbuja que un día nos puede estallar en la cara. Ya veo a algún ilustrado del futuro reclamándonos dentro de unos años los prometidos milagros del matrimonio de la ciencia del cerebro con los demás saberes. (…) Quienes crean que los neurocientíficos vamos a decirle a los profesionales de la educación cómo tienen que hacer las cosas se equivocan. Hoy por hoy, lo mejor que puede hacer la neurociencia es explicar por qué funciona lo que funciona y por qué no funciona lo que no funciona. (…) Acerquémonos al mundo de la educación con humildad, no sólo con la intención de ayudar, sino también con la de aprender, porque muchas veces nuestros estudios de laboratorio parten precisamente de la constatación de lo que ya funciona en la práctica y son otros, y no precisamente los neurocientíficos, quienes lo han descubierto. Aristóteles dijo que en la enseñanza no hay que empezar por el principio, sino por lo que más motiva. Lo dijo sabiendo que lo que motiva emociona, pero sin saber que las emociones activan hormonas suprarrenales, como la adrenalina, que facilitan la formación de la memoria en el cerebro. Hemos aprendido de él tanto o más de lo que él hubiera aprendido hoy de nosotros.
Ignacio Morgado Bernal, Catedrático de Psicobiología en el Instituto de Neurociencia y la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Barcelona, en Investiganción y Ciencia.

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La educación y sus cambios a paso lento… muy lento

Mientras hacían reparaciones en una sala de clases de una escuela de Oklahoma, en los EE.UU., los constructores encontraron pizarras con escritos y dibujos que rondan los 100 años.

No puedo dejar de pensar en que, si hiciéramos la comparación entre un automóvil, un avión o una máquina de cálculo de 1917 con una actual, las diferencias serían abismales, tanto que se harían casi irreconocibles. En cambio, cuando miro estas imágenes de 1917 me remiten a lo que suele verse en muchas escuelas hoy.

No podemos negar que muchas cosas han cambiado en la educación, particularmente en cuanto a teorías pedagógicas, pero ¡qué parecidas se ven!


Fuente: Infobae

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