Ir al contenido


docentes

La escuela es un lugar desagradable

Vivimos en una sociedad donde predomina el interés privado, el dinero, el mercado, el consumismo y el miedo frente al interés público, la responsabilidad compartida, los valores y las instituciones democráticas. Esto acaba con la comunidad, la justicia, la igualdad y el bien común y, por el camino, elimina la educación entendida como un bien público y la pedagogía como práctica empoderadora. (…) La pedagogía, tal y como está planteada en muchas escuelas actuales, ataca en vez de educar y no logra que los alumnos se reconozcan en lo que hacen. La multitud de pruebas y exámenes, modelos de aprendizaje que apagan la chispa crítica y crean espacios sin ningún tipo de imaginación, los sistemas de organización represivos y basados en el castigo, la memorización y el conformismo crean un ambiente donde los alumnos comprenden rápidamente que la escuela es un lugar desagradable y que no existe nada parecido a la satisfacción de aprender.
Henry Giroux, profesor y estudioso estadounidense, pionero en el campo de la pedagogía crítica, en aulaPlaneta.

Acerca de la evaluación

Sólo las máquinas bien construidas, podemos pensar, no comenten errores. ¿Por qué, entonces, penalizar siempre el error en contextos de aprendizaje? Sólo corre el riesgo de perderse quien se mueve por iniciativa propia; y sólo corre el riesgo de cometer errores quien se atreve a pensar por cabeza propia y a tomar decisiones ante situaciones nuevas, no conocidas. Sólo en la ortodoxia conductista, como advierte Allal (1980), se descarta el aprendizaje sin error. Pero al mismo tiempo, prescinde de los procedimientos de la evaluación formativa que atienda a las dificultades de aprendizaje del alumno. ¿Por qué penalizar sistemáticamente el error, antes incluso de averiguar las causas que lo provocan?
Juan Manuel Álvarez Méndez en “Evaluar para aprender: los buenos usos de la evaluación”, citado por Débora Kozak en “¿Es necesario tomar exámenes para evaluar?”

Transformad esas antiguas aulas

Transformad esas antiguas aulas, suprimid el estrado y la cátedra del maestro, barrera de hielo que lo aísla y hace imposible toda intimidad con el discípulo; suprimid el banco, la grada, el anfiteatro, símbolos perdurables de la uniformidad y del tedio. Romped esas enormes masas de alumnos; por necesidad constreñidas a oír pasivamente una lección, o alternar en un interrogatorio de memoria, cuando no a presenciar desde distancias increíbles ejercicos y manipulaciones de que apenas logran darse cuenta. Sustituid en torno del profesor, a todos esos elementos clásicos, un círculo poco numeroso de escolares activos, que piensan, que hablan, que discuten, que se mueven, que están vivos […] Y entonces la cátedra es un taller, y el maestro, un guía en el trabajo; los discípulos, una familia; el vínculo exterior se convierte en ético e interno; la pequeña sociedad y la grande respiran un mismo ambiente; la vida circula por todas partes y la enseñanza gana en fecundidad, en solidez, en atractivo, lo que pierde en pompa y en gallardas libreas.
Francisco Giner de los Ríos, pedagogo, filósofo y ensayista español, en un discurso pronunciado en 1880

Hablamos sobre privacidad en las VI Jornadas “Olga Cossettini”

Invitado por la Prof. Maria Fernanda Foresi, rectora del IES N° 28 “Olga Cossettini”, tuve el gusto de coordinar el taller “Internet no olvida. Construyendo nuestra identidad como ciudadanos en la cultura digital de forma segura”, con la participación de estudiantes del profesorado de esa casa de estudios y docentes participantes de las “VI Jornadas Olga Cossettini”, el pasado 14 de setiembre.

El taller tuvo tres partes. En la primera, y en el marco del rol docente como mediador, hablamos sobre la dinámica del aprendizaje intermediado por las nuevas tecnologías y sus ventajas. En la segunda, abordamos la problemática de la construcción de una identidad digital y los riesgos a la privacidad, para una utilización crítica y segura del medio digital. En la tercera parte llevamos a cabo la experiencia de taller, con el tratamiento en forma grupal de cuatro casos propuestos para el debate a fin de reflexionar sobre algunas alternativas de resolución. 

La actividad fue seguida con atención y entusiasmo por los participantes, concluyendo en un debate de gran provecho como cierre de una jornada extraordinaria.

Agradezco a los colegas participantes y a las autoridades de la institución por abrir este espacio para el tratamiento de una problemática con una importante presencia en nuestras instituciones. Y por supuesto, un gracias enorme a todos por las atenciones recibidas. 


Más información sobre las VI Jornadas “Olga Cossettini” en jornadascossettini.ml/

Una educación que proteja la vida

Da la impresión que solo los educadores sostienen una idea de mundo y una idea de vida que, por otra parte, el resto no sostiene o ha abandonado, o solo exige a las escuelas que hagan un poco cumplir para llegar a un mundo mejor, más justo, más equitativo. Y en ese sentido noto mucha más soledad que en otras épocas; y es que, si esto no lo hacen los educadores, no quedará nadie para hacerlo. (…) Entonces veo últimamente como que toda la política educativa se encamina a una imagen cerrada de que ir al mundo significaría ir a conseguir un empleo. (…) Creo defender una idea de educación que proteja más la vida a tener que adecuar la vida al mundo tal como se nos presenta hoy.
Carlos Skliar, investigador

Militante

Los educadores progresistas precisan convencerse de que no son meros docentes -eso no existe-, puros especialistas de la docencia. Nosotros somos militantes políticos porque somos maestros y maestras. Nuestra tarea no se agota en la enseñanza de la matemática, de la geografía, de la sintaxis o de la historia. Además de la seriedad y la competencia con que debemos enseñar esos contenidos, nuestra tarea exige nuestro compromiso y nuestra actitud en favor de la superación de las injusticias sociales.
Paulo Freire, pedagogo, en “Cartas a quien pretende enseñar”.

Una florero para vestir de cientifismo a la educación

Mal andamos los neurocientíficos si lo que trasladamos al mundo de la educación es algo de lo que los educadores pueden prescindir sin perder apenas capacidades. Sería lamentable que la neurociencia se convirtiera, como lo fue la psicología en su día, en una especie de florero para vestir de cientifismo los procedimientos pedagógicos actuales, muchos de ellos fundamentados en una fenomenal tradición secular. Vivimos en un país y en un sistema educativo donde ni todo el mundo lo hace mal ni todo el que lo hace mal lo hace mal siempre. Tenemos muy buenos profesionales, pero lo triste es que estemos llenando de “neuros” todos los campos del conocimiento, con el peligro de crear una burbuja que un día nos puede estallar en la cara. Ya veo a algún ilustrado del futuro reclamándonos dentro de unos años los prometidos milagros del matrimonio de la ciencia del cerebro con los demás saberes. (…) Quienes crean que los neurocientíficos vamos a decirle a los profesionales de la educación cómo tienen que hacer las cosas se equivocan. Hoy por hoy, lo mejor que puede hacer la neurociencia es explicar por qué funciona lo que funciona y por qué no funciona lo que no funciona. (…) Acerquémonos al mundo de la educación con humildad, no sólo con la intención de ayudar, sino también con la de aprender, porque muchas veces nuestros estudios de laboratorio parten precisamente de la constatación de lo que ya funciona en la práctica y son otros, y no precisamente los neurocientíficos, quienes lo han descubierto. Aristóteles dijo que en la enseñanza no hay que empezar por el principio, sino por lo que más motiva. Lo dijo sabiendo que lo que motiva emociona, pero sin saber que las emociones activan hormonas suprarrenales, como la adrenalina, que facilitan la formación de la memoria en el cerebro. Hemos aprendido de él tanto o más de lo que él hubiera aprendido hoy de nosotros.
Ignacio Morgado Bernal, Catedrático de Psicobiología en el Instituto de Neurociencia y la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Barcelona, en Investiganción y Ciencia.

La educación y sus cambios a paso lento… muy lento

Mientras hacían reparaciones en una sala de clases de una escuela de Oklahoma, en los EE.UU., los constructores encontraron pizarras con escritos y dibujos que rondan los 100 años.

No puedo dejar de pensar en que, si hiciéramos la comparación entre un automóvil, un avión o una máquina de cálculo de 1917 con una actual, las diferencias serían abismales, tanto que se harían casi irreconocibles. En cambio, cuando miro estas imágenes de 1917 me remiten a lo que suele verse en muchas escuelas hoy.

No podemos negar que muchas cosas han cambiado en la educación, particularmente en cuanto a teorías pedagógicas, pero ¡qué parecidas se ven!


Fuente: Infobae

La diferencia conceptual entre un alumno escolarizado y el alfabetizado

Leyendo a Michel Serres, filósofo y ensayista francés, en Pulgarcita -reconozco que tardíamente, es un trabajo de 2012- se mezclan muchas convicciones y algunas tristezas. Serres promueve y augura los cambios necesarios en la educación al tiempo que reconoce la dificultad central en esa cuestión: quienes organizan las reformas lo hacen según modelos perimidos desde hace largo tiempo. Mientras tanto –pensamos- el actor principal sigue creando su propio ecosistema -o “digitosistema”a su ritmo y frente a las incertidumbres -o inoperancia- de los adultos.

No puedo más que coincidir con esa mirada. Históricamente, la escuela fue un ámbito mayormente cerrado, un mundo particular girando en su propia galaxia ajena y aislada de lo cotidiano.  El mundo no entraba en la escuela, la escuela salía a él para mirarlo como un espectador, y en el mejor de los casos, analizarlo pero sin mezclarse. Ya en una excursión, una vista a una fábrica o un recorrido por el museo, eran todas excursiones al afuera como turistas de una realidad que de todos modos habitábamos, pero después de la campana de salida.

Hace varios años escribí un artículo que titulé El aula, en cualquier momento y en cualquier lugar, a partir de algunas ideas que fueron surgiendo mientras preparaba una serie de talleres que presenté luego en una escuela local, sobre algunas herramientas y servicios digitales que los docentes teníamos -tenemos- a la mano para utilizar en nuestras clases. Ese texto se convirtió luego en el eje de mi tesis final de la capacitación docente, así de relevante me resultó.

La experiencia viene a cuento porque aquel escrito tuvo una cantidad de comentarios entusiastas -en el mismo post y en charlas personales-, todos ponderando el acceso a esos recursos y el conocimiento de ellos. Pero uno en particular me llamó la atención: una docente innovadora, con años de experiencia en el aula y en la gestión, me hizo la salvedad de que reconocía el valor de los recursos digitales, pero reivindicaba espacio-aula como el lugar más relevante de la escuela. Siempre creí que esa, aun en boca de una hacedora, fue una confesión de incertidumbre.

La escuela, o mejor dicho los adultos que la habitan, necesitan, anhelan, se exigen cerrarse sobre si mismos y proteger ese territorio que temen perder. 

Pero años después la realidad demuestra lo que ya sospechábamos: aquella resistencia fue vencida y el mundo -el digital- se metió con toda su prepotencia en la escuela, y aquella incertidumbre convirtió a sus referentes adultos, en muchos, tal vez demasiados casos, en espectadores absortos, que solo atinan a criticar aquello que los confunde: la nueva realidad de chicos hiperconectados que reclaman nuevas maneras de organizarse, de aprender, de cuestionarse, de actuar y aún de ser. 

En palabras del propio Serres, “hoy la pedagogía cambia por completo con las nuevas tecnologías, cuyas novedades son sólo una variable cualquiera dentro de la decena o la veintena que (…) podría enumerar. Este cambio (…) repercute poco a poco en todo el espacio de la sociedad mundial y el conjunto de sus instituciones caducas”.  De allí es que entendemos aquella insistencia de los reformistas de la educación: opinan, proponen, legislan y arriesgan sobre los viejos modelos perimidos, concebidos para una escuela que ya no existe, porque es aquella sociedad que los propuso la ya no existe. Como en una noria, cada propuesta parece ser una vuelta más en redondo sobre las mismas viejas ideas. Los avances no son avances, son solo una vuelta más. Rascando la superficie de cada novedosa teoría vuelve a emerger el pasado.

Algunos ejemplos de decisiones desacertadas por lo anacrónico -como la prohibición de uso de los celulares en la escuela o la eliminación del espacio específico para adentrarse en el mundo digital-, y aun la cara del especialista que hablaba loas del pretendido cambio del libro por la netbook de Conectar Igualdad cuando le pregunté “¿Y eso que cambia?”, hablan a las claras, entendemos, de aquella incertidumbre a la que nos referíamos párrafos más arriba.

Los nuevos paradigmas englobados en “neologismos pedagógicos” que pueblan las propuestas en apariencias innovadoras, suelen esconder otros propósitos, algunos comerciales -onerosas conferencias, elevadas cuotas escolares, etc.-, otros desviados de la realidad -meritocracia y evaluaciones que solo sirven para llenar estadísticas-, ninguno de ellos orientados, presumo, a lograr consensos y cambios genuinos.

La educación experimenta hoy un cambio cultural que necesita de la reflexión y la participación de todos sus actores, con la certeza de que en la base de ese cambio se encuentra la enorme diferencia conceptual que existe entre un alumno escolarizado -en tanto parte del sistema- y el alfabetizado que cuenta con recursos para enfrentar las realidades y exigencias del siglo XXI. 


Imagen: Blog Biblioteca UniZar

La educación, entre la necesidad de cambio y los modelos perimidos

Del mismo modo que la pedagogía fue inventada por los griegos (paideia), en el momento de la invención y la propagación de la escritura, se transformó luego con el surgimiento de la imprenta, durante el Renacimiento, y así también, hoy la pedagogía cambia por completo con las nuevas tecnologías, cuyas novedades son sólo una variable cualquiera dentro de la decena o la veintena que (…) podría enumerar. Este cambio tan decisivo de la enseñanza -cambio que repercute poco a poco en todo el espacio de la sociedad mundial y el conjunto de sus instituciones caducas, un cambio que no afecta, ni por asomo, tan sólo a la enseñanza, sino también al trabajo, las empresas, la salud, el derecho y la política, en suma, al conjunto de nuestras instituciones-, sentimos que lo necesitamos con urgencia, pero que todavía estamos lejos. Es probable que se deba a que aquellos que se mueven en la transición entre los últimos estados todavía no se jubilaron, aun cuando son quienes organizan las reformas, según modelos perimidos desde hace largo tiempo.
Michel Serres, filósofo y ensayista francés, en Pulgarcita (2012)

- Ir arriba -