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medio-ambiente - 13. página

Hilando bien finito: ¿Cuánto contamina Google?

No me parece que la causa de todos los males de este mundo, incluído el calentamiento global, sea culpa de Google. Bueno, al menos no exclusivamente. Pero es interesante que se pueda hilar tan fino en cuanto a las responsabilidades de las empresas en esta cuestión de arruinarnos el planeta al resto de los mortales. Cuestiones menores como el mercurio, los sulfuros, el humo, las aguas servidas mal tratadas, el petróleo derramado, las papeleras, la tala indiscriminada y una sarta de etcéteras no son importantes en la ocasión: ocupémonos por el momento de Google.

Se publica en Digitalk Blog:

Alex Wissner-Gross, un físico de la Universidad de Harvard está realizando estudios del calentamiento global relacionados a la tecnología y está estudiando cuánto CO2 emiten los sitios webs más famosos del mundo. Su estudio señala que el realizar dos búsquedas en Google genera una emisión de catorce gramos de dióxido de carbono (CO2). La compañía de la Web se defendió y sostuvo que las búsquedas sólo producen 0,2 gramos de CO2.

El autor de la investigación lo explica así, como para que lo entendamos: “Si se quiere proveer grandes y rápidos resultados, eso requerirá un mayor gasto de energía”. Entonces, la electricidad usada por las terminales de la empresa y la energía que consumen los centros de datos que opera la firma en todo el mundo, producen la emisión de dióxido de carbono que el científico denuncia. Y lo grafica: realizar dos búsquedas en Google es equivalente a hacer hervir agua en una pava eléctrica.

Google salió a responder, diciendo que los números presentados por Wissner-Gross son “mucho mayores” que los reales, y que en comparación hay industrias mucho más dañinas para el medio ambiente, como la automotriz.

Bueno, al menos en esto último, tienen razón.

Y como estos chicos tienen labia como para defenderse de acusaciones así y peores, argumentan: “una búsqueda en internet te ahorra muchísimas cosas, como ir a la biblioteca en auto o comprar mapas, hechos de papel”. Y dicen, porque autoestima no les falta, que la tecnología que poseen es tan eficiente que si una persona hace una búsqueda en Google el ordenador de la persona gastará más energía que los servidores de la empresa.

Bueno, Google ya fue desenmascarado. ¿Podemos ocuparnos ahora de los que realmente están destruyendo el planeta?

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Desechos caseros enemigos del agua potable

Ayer se publicó en Clarin.com un artículo firmado por Mariana Nisebe, en el que se analizan informes de diferentes entidades sobre los hábitos nuestros de cada día que afectan gravemente al recurso más preciado. El artículo comienza presentando cifras que muestran una realidad alarmante. Por ejemplo:

  • Según la ONU, para el año 2025 la demanda de agua potable será del 56% más que el suministro.
  • Según la Organización Mundial de la Salud al menos 25 mil personas mueren cada día en el mundo por causas derivadas de su consumo.

El 97% del agua del mundo es salada y sólo 3% de su volumen es dulce. De ese 3%, sólo un 1% se encuentra en estado líquido y es potable. Es claro que el derroche y la contaminación son los problemas a resolver. Pero también nuestra forma de manejar los desechos caseros puede evitar convertirlos en enemigos mortales del agua pura. En el informe mencionado se habla de tres de esos desechos habituales en muchos hogares:

  • El aceite comestible es difícilmente biodegradable y, tanto el de girasol, el de soja, el de oliva o el de maíz, forman en los ríos una película difícil de eliminar que afecta a su capacidad de intercambio de oxígeno y altera el ecosistema. Con el tratamiento adecuado, el aceite usado puede convertirse en jabón, fertilizantes y hasta combustible para los vehículos diesel. “Actualmente el aceite vegetal usado y contaminado no apto para el uso en alimentación, es arrojado al medio ambiente, con la consiguiente contaminación. Un litro de aceite (de cocina) contamina 1.000 litros de agua”, según un trabajo publicado por el Instituto Nacional de Tecnología Industrial.

    Lo que se recomienda es ponerlo en una botella de plástico, cerrarla y llevarla a un lugar dónde se pueda tratar (se puede consultar en http://www.rba-oil.com.ar), hacer jabón en casa o, como último recurso, colocar la botella con la basura orgánica. Se puede concultar tambien con la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable. En cuanto al aceite usado de motor, no debe ser vertido en la tierra o en las alcantarillas cuando se cambia en el auto. Los hidrocarburos saturados que contiene no son biodegradables: en el mar el tiempo de eliminación de un hidrocarburo puede ser de 10 a 15 años. El plomo, cadmio o manganeso, son algunos de los metales que pueden estar incluidos. Si el aceite de motor usado se arroja a la tierra, destruye el humus vegetal y acaba con la fertilidad del suelo; y si llega al agua, directamente o por el alcantarillado, produce una película impermeable, que al impedir la adecuada oxigenación puede asfixiar a los seres vivos que habitan allí. Se estima que un litro de lubricante contamina nada menos que un millón de litros de agua, que equivale al consumo de una persona a lo largo de 14 años.

  • Una colilla de cigarrillo contamina 50 litros de agua, porque están hechos de acetato y no son biodegradables, por lo que permanecen durante décadas en el ambiente antes de degradarse. Las colillas son la mayor causa de basura en el mundo. Al arrojar la colilla de un cigarrillo a la calle, generalmente la lluvia la acarrea hasta la fuente de agua. Los millones de colillas de cigarrillos que llegan desprenden los químicos que contienen dañando el ecosistema y malogrando la calidad del agua.

    No hay cifras de la Argentina pero en Australia , por ejemplo, se ha calculado que el 50% de los cigarrillos consumidos se fuma en el exterior, y de estos el 59% se tira al suelo en vez de en un cenicero o un tacho de basura. Para evitarlo, basta con utilizar una pequeña lata como cenicero o algún tipo similar de cenicero portátil (nunca tirarlas en el inodoro).

  • Una sola pila alcalina puede contaminar 175.000 litros de agua. Cuando ya no sirven se tiran a la basura o a cielo abierto y, con el paso de tiempo y por la descomposición de sus elementos, se oxidan y derraman diferentes tóxicos en suelo, agua y aire. Lo mismo sucede cuando se queman en basureros o se incineran.

    Se recomienda disminuir su consumo utilizando las recargables y evitar comprar aparatos que requieran su uso. También existen programas de reciclado, como el del Taller Ecologista de Rosario.

El informe brinda también algunas cifras para prestar atención y tener en cuenta a fin de hacer nuestra contribución al cuidado de las fuentes de agua dulce:

  • Si se deja la canilla abierta al lavarse los dientes o al afeitarse, se gastan cerca de 20 litros de agua en el primer caso y entre 40 y 60 litros en el segundo.
  • Si una familia de cuatro personas toma todos los días duchas de cinco minutos, gasta más de 2.600 litros de agua por semana, el equivalente a lo que bebe una persona a lo largo de tres años.

Todos podemos contribuir.

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El concepto de ‘agua virtual’ nos enseña a usar bien el recurso

La ocasión del reconocimiento al profesor John Anthony Allan por haber desarrollado e introducido la teoría de “agua virtual” es una buena oportunidad para reflexionar sobre el significado y las implicancias de esta teoría.

Partiendo de la premisa de que la gente no sólo consume agua cuando bebe o se baña, este profesor de la Universidad de Londres elaboró en 1993 la teoría en cuestión y creó un modo exacto de calcular la cantidad necesaria de agua que se utiliza para elaborar distintos productos, desde una taza de café hasta una hamburguesa. Por ese logro y sus aplicaciones recibió ayer el prestigioso Premio Estocolmo del Agua 2008.

Por ejemplo, según estos cálculos:

  • 140 litros son necesarios para la elaboración de una taza de café.
  • 3.000 litros para el complejo desarrollo que lleva a obtener un litro de leche.
  • 2.400 litros se consumen para fabricar una sola hamburguesa.
  • 2.500 litros se usan para que sea posible un trozo de queso de 500 gramos.

Tomando el caso de los 140 litros necesarios para la elaboración de una taza de café, por ejemplo, Allen contabiliza la cantidad que se destina al riego de la planta, a la manufactura del producto, su empaquetamiento y todo el camino que sigue hasta llegar a la mesa del consumidor.

Con este sólo ejemplo pueden apreciarse las enormes implicancias del trabajo del profesor Allen. Según estimaciones, en el año 2020 más de 250 millones de personas van a sufrir la escasez de agua. De allí que el Instituto Internacional del Agua de Estocolmo afirme que:

La aplicación del concepto de agua virtual potencia el uso del comercio para aliviar su falta en algunas regiones y emplearla de forma más eficaz en los recursos hídricos.

De estos estudios se derivan otras cuestiones que también merecen ser analizadas en profundidad: de acuerdo a estos cálculos los paises desarrollados consumen casi el triple de agua que los sub, evidenciando una vez más que seguimos pagando los platos rotos por el despilfarro de los paises más ricos.

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Todo el sistema es vulnerable

En un muy interesante y revelador análisis, el economista norteamericano Jeremy Rifkin plantea la inquietante pero real posibilidad de que toda la electrónica falle en su conjunto, y cuales serían sus nefastas consecuencias. A continuación transcribo la columna, que fué publicada en Clarín el último domingo.

Al mundo entero le preocupa la posibilidad de que Irán tenga armas nucleares. ¿Por qué? Lo que ahora saben nuestras autoridades políticas y estrategas militares —y la opinión pública ignora— es que una bomba nuclear desata una fuerza mucho más poderosa que la explosiva. Esa fuerza aumenta en capacidad destructiva en proporción directa a la extensión de la revolución de las comunicaciones globales.

En los últimos veinte años, los países industrializados del mundo integraron los avances en tecnología de chips, software y hardware de computación, y tecnología de telecomunicaciones para crear una compleja infraestructura electrónica para manejar los más mínimos detalles de la vida cotidiana.

¿Pero qué pasaría si todo chip de computadora, interruptor eléctrico y circuito que conecta y dirige nuestra economía se agotara de pronto en toda América del Norte o Europa, y todos al mismo tiempo? ¿Resulta imposible imaginarlo? Volvamos a 1962.

Los Estados Unidos hicieron explotar por primera vez una bomba nuclear en la atmósfera superior sobre el Océano Pacífico. Inesperadamente, los rayos gamma que provocó la explosión desencadenaron un impulso electromagnético que anuló luces, estaciones de radio, teléfonos y telecomunicaciones a más de 1.300 kilómetros de distancia, en Hawai.

Los funcionarios del Pentágono tomaron nota. El impulso electromagnético (EMP) se convirtió en algo temible en el ámbito militar, pero quedó relegado a la segunda línea de posibles amenazas que podrían enfrentar el país y el mundo.

Todo eso cambió luego de los atentados terroristas del 11 de septiembre contra el World Trace Center y el Pentágono. Los estrategas militares empezaron a preguntar qué pasaría si un régimen rebelde o un grupo de terroristas equiparan un misil Scud —algo que con toda facilidad puede comprarse en los mercados mundiales por unos cien mil dólares—, con un arma nuclear y lo hicieran detonar en la atmósfera superior sobre América del Norte o Europa. Los resultados serían catastróficos.

Un impulso electromagnético que llegara a la superficie de América del Norte o Europa a la velocidad de la luz podría destruir buena parte, o la totalidad, del equipo eléctrico, incluidos los transformadores gigantes que son la base de la red eléctrica. ¡Piénsenlo! Sin electricidad… la red eléctrica de todo un continente inutilizada. También quedarían arruinados los interruptores eléctricos que regulan el suministro de agua. Sin agua. Sin saneamiento. Los chips electrónicos y los circuitos de autos, ómnibus, camiones y trenes, también inutilizados. El tránsito se detendría de inmediato. Sin teléfonos, televisión ni radio… todo destruido. Los sistemas eléctricos que operan nuestros gasoductos y oleoductos. Sin combustible. Agotadas las computadoras, se detiene todo el flujo de información. Sólo hay alimentos para subsistir unas semanas. No hay forma de organizar una misión de rescate porque toda la maquinaria social está muerta.

¿Improbable? No lo es, según un informe detallado de una Comisión del Congreso de los Estados Unidos que evalúa la amenaza de un ataque con impulso electromagnético a los Estados Unidos. La comisión calificó el ataque de EMP “la amenaza del 11 de septiembre del futuro” y advirtió que, de desplomarse la red eléctrica, toda la infraestructura se caería. El resultado es que la sociedad podría retroceder cien años, hasta la era anterior a la electricidad.

Llevaría hasta dos años fabricar, enviar e instalar los grandes transformadores que constituyen la base de la red eléctrica… lo que supone dos años sin electricidad. ¡Inimaginable!

Hay que destacar que algunos especialistas, si bien coinciden en que un ataque con EMP sería catastrófico, consideran que no todo el equipo eléctrico quedaría destruido. Pero la verdad es que nadie lo sabe con certeza.

El punto es que el costado negativo de vivir en una civilización electrónica cada vez más compleja es que todo el sistema es más vulnerable a una completa devastación. Podríamos tratar de anticipar todas las amenazas posibles que plantea la creciente complejidad tecnológica de nuestra sociedad global. En eso residen las esperanzas de nuestras autoridades políticas. Ya se habla de acumular generadores de reserva, de hacer que el equipo sea más resistente, lo que también comprende el hardware militar, y de desplegar una defensa eficaz contra misiles balísticos ante la posibilidad de un ataque con EMP.

El problema es que, si bien la complejidad de la infraestructura de alta tecnología que creamos es visible, relativamente estable y cognoscible, las amenazas son en su mayor parte invisibles, inestables y tan variables como la imaginación de sus perpetradores. La única verdadera solución a la creciente complejización de la sociedad, producto de los avances tecnológicos, no es de naturaleza técnica sino psicológica y social.

Tenemos que empezar a analizar seriamente cómo modificar de manera radical el grado de conciencia de las personas para que el género humano pueda aprender a vivir en un planeta compartido. Eso exige visión, esperanza, empatía y paciencia, algo que parece estar agotándose en la humanidad.

Fuente: Clarin.com.ar

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