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¿Develar o desvelar?

Casi que me duelen los ojos cuando leo un artículo y el autor usa la palabra “desvelar” para referirse a descubrir o revelar algo oculto o desconocido. Finalmente me decidí a hacer algo con mi problemita -no, no fui a un oculista sino que eché una ojeada al Diccionario panhispánico de dudas, y claro que fue de ayuda. La entrada al término dice esto:

Desvelar(se). Infinitivo de dos verbos etimológicamente diversos:

a) ‘Quitar o impedir el sueño [a alguien]’ y, como pronominal, ‘perder alguien el sueño o no poder conciliarlo’: «Me desvelaban por la noche los recuerdos» (Salom Vuelo [Esp. 1980]). Está relacionado con velar (‘estar sin dormir el tiempo destinado al sueño’, del lat. vigilare).

b) ‘Quitar el velo que cubre [algo]’: «Se desvela la estatua en bronce de Trujillo» (VLlosa Fiesta [Perú 2000]); y, en sentido figurado, ‘descubrir o revelar [algo oculto o desconocido]’: «Le desveló el secreto de sus proyectos cinematográficos» (Armas Madrid [Esp. 1994]). Existe también, tanto para el sentido recto como para el figurado, la variante develar, de uso mayoritario en el español americano: «Los presidentes procedieron a develar sendas placas de bronce para inaugurar una obra» (Vistazo [Ec.] 23.1.97); «El sastre […] ha develado algunos detalles del traje de gala» (Vida [Par.] 15.5.04); en España, en cambio, se usa poco y solo en sentido figurado. Se desaconseja, por innecesaria, la forma develizar, usada en México y algunos países centroamericanos con el sentido de ‘quitar el velo’: «La estatua fue develizada el 1 de julio de 1930» (DYucatán [Méx.] 1.9.96).

En síntesis, está bien usada. Es más: dado que el uso develar es mayoritariamente americano, más de un español nos habrá tomado por brutos, vea. El problema parece ser, una vez más, que todos los hispanoparlantes hablamos casi el mismo idioma.

Me sucedió, hablando con un amigo mexicano sobre una cantante muy talentosa de aquellas tierras, dedicada al bel canto, que me referí a ella como una cantante lírica, lo cual ofendió a mi interlocutor porque para él la estaba tratando de aficionada o no preparada. Salvada la confusión, consulté a otros conocidos de aquel país y todos coincidieron con mi amigo, así que me cuido bastante de preguntar cuando tengo dudas. Aunque, como en este caso, yo tuviera razón.

Lo dicho: hablamos el mismo idioma… casi.

Fuente: Diccionario panhispánico de dudas

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Estamos en un mundo en el que la palabra se deprecia de manera muy vil. Pero eso no quiere decir que no haya novela, filosofía, cine, música. Es interminable la cantidad de palabras bien dichas que hay por encima de las nefastas. Desgraciadamente, palabras con mucho poder pueden ser muy breves. Suelten la bomba, es tan breve como decir Te amo.
Luis Alberto Spinetta

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Sucedió en el término de dos o tres semanas y la sociedad lo tomó casi como una humorada. Pero al leerlo todo junto, se entiende por qué surgieron voces de alarma sobre el nivel de violencia verbal de algunos personajes públicos. En su edición de hoy Clarín desanda esta realidad a partir de un concepto sumamente preocupante: “Según los expertos, el lenguaje ya no es mediador: es el arma que dispara conflictos”. ¿Incontinencia verbal? Veamos:

“Que la chupen. Que la sigan chupando, que la sigan mamando”.
Diego Maradona durante una conferencia de prensa, hablándole a sus críticos.

“Me entregaron estos hijos de puta”.
Néstor Kirchner, acusando a Sergio Massa y a Florencio Randazzo, luego de perder en las últimas elecciones.

“La verdad me importa tres pitos. Si lo hicieron para bajarme de la supuesta candidatura, me importa recontra tres pitos. Que se la recontra metan en el medio del culo”.
Carlos Reutemann, hablando sobre una supuesta operación para obligarlo a renunciar como candidato para el 2011

“Son todas morochas, ni una rubia contratan”.
Jueza Rosa Elsa Parrilli mientras intentaba que dos empleadas de tránsito del gobierno de la Ciudad le devolvieran el auto que había sido secuestrado por estar mal estacionado.

Si, así todo junto suena feo. Pero esto fué dicho en los medios por personajes públicos. Lo escuchamos todos, aun sin desearlo, porque no hubo programa o medio gráfico que no lo reprodujera.

Claro que suena feo.
Pero no es lo único que se dice. Son raros los programas de TV, por mencionar un ejemplo, que no incluyan un lenguaje chabacano y hasta soez, no importa el tema sobre el que estén hablando. Sea un personaje público o un opinador callejero, nadie mide las palabras y, mucho menos, la sensibilidad del oyente circunstancial. En una especie de desvalorización de la comprensión del interlocutor, se echa mano de la mala palabra para expresar una idea, o mejor dicho, la falta de ellas.

Sin embargo, no sólo la mala palabra es violenta. Por caso, sin usar malas palabras las expresiones de Parrilli son un flagrante ejemplo de violencia verbal: están cargadas de la discriminación, humillación y desprecio que tiñen los discursos de muchos personajes públicos.

Algunas reflexiones que recoje Clarín en el mencionado artículo son por demás alarmantes:

No es casual que en un mes podamos contar estas dos historias (la de Parrilli y la de Maradona) porque es un síntoma claro de los tiempos que vivimos como sociedad. La palabra, como herramienta para dirimir conflictos, está debilitada. Ahora es al revés: el lenguaje se convirtió en el arma que dispara el conflicto. Incluso, basta un tono o una seña para agredir al otro.
María Elena Qués, licenciada en Letras y docente de la UBA y de la Universidad Del Salvador, especialista en Discurso político.

Es interesante un aspecto de la reflexión de la especialista que la autora del artículo ilustra del siguiente modo:

Los protagonistas de estas historias de intolerancia verbal tienen orígenes distintos, pero algo que los vincula: el poder.

Es por esto que la violencia verbal no reconoce nivel social y actividad: deportistas, jueces y también políticos y conductores de TV, todos personajes con alguna cuota de poder, pierden los estribos y estallan. Pero, ¿es eso excusa?

En ninguno de los dos casos la situación emotiva los avala. El deportista genial, mimado y apaleado, que dice lo que piensa porque es ‘Dios’. Una jueza que, en actitud ambivalente, usa un leguaje detestable que nada tiene que ver con su cargo. Y en el medio, los imperativos, los insultos o, dicho de otra manera, sacar lo más grosero de sí para horrorizar, no para conciliar.
Susana Anaine, licenciada en Letras y subdirectora del Departamento de Investigaciones Lingüísticas y Filología de la Academia Argentina de Letras

El problema de estas situaciones es que perdieron su excepcionalidad: ya están naturalizadas.

Hay un problema de registro, porque no existe adecuación del lenguaje al rol que se ocupa. Aunque en el caso de Maradona es menos grave: su declaración es, en definitiva, de la jerga futbolística. Lo inesperado es que se dio en medio de una conferencia de prensa. Está tan naturalizada la agresividad que en cualquier hecho cotidiano intercambiamos palabras violentas. Pensemos ¿Quién le dice ‘buenos días’ a un taxista? ¿Quién le pide amablemente un café al mozo?
Martín Menéndez, doctor en Lingüística, docente de la facultad de Filosofía y Letras de la UBA e investigador del Conicet.

Estos niveles de agresión verbal, según surge del análisis de los especialistas, tendrían por objetivo reducir al otro al silencio o, por el contrario, ir en escalada para que la palabra termine de perder su poder de ser mediadora.

Esta naturalización no sería sino la evidencia del grado de deterioro del lazo social.

Fuente: Clarin.com

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